Cuando le dije No al suicidio

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 
 

Había crecido en un entorno mágico. Tenía mi propio mundo sin saberlo. Desde niño, abocado a dibujar historietas en donde creaba personajes que luchaban por el bien y la justicia, o acaso cuando en mi adolescencia, compusiera canciones que décadas después, me inspiraran a tener mi propia banda de hard rock, convirtiéndonos en ese entonces en la sensación del momento, o el sentir siempre el buen recaudo de mis padres,en una ciudad de 30,000 habitantes, donde mi familia fue siempre bien querida y muy conocida, hizo que creciera sin temores, y nada hiciera pensar que no lograría adaptarme a la ciudad donde radico ahora, que cuenta con más de un millón de habitantes hoy por hoy.

Esas discusiones con mis padres en los años difíciles, cuando les increpaba que no me habían preparado para la vida y que ellos tenían la culpa de todo lo que me pasaba, fueron injustas, ya que con el tiempo comprendí que no hay un manual de vida que garantice el éxito. Acaso el hecho de empezar a tener los síntomas hizo que necesitara liberar todas esas cargas negativas que me tenían estresado e iracundo. 

Por ese entonces a finales de los 90, el Perú vivía una Dictadura que fue derrotada por todos los peruanos. Como poeta consideré mi deber participar en las marchas de protesta o enfrentarme junto con otros artistas también, ante un régimen que no queríamos. El liberar en base a gritos y sentir viva la adrenalina, ante los constantes disparos de bombas lacrimógenas o los fuertes chorros de agua de los buses dispersadores de gente me relajaba y contribuyó más a mi fama de ese entonces: ser un poeta contestatario.

Pero eso fue cuando tenía alrededor de 27 años. A mis 21, otra era mi realidad. Mis padres no sabían cómo hacerme recuperar la alegría y reinsertarme en la sociedad. Es que era imposible,siendo mi padre, profesor, sociólogo y músico, y mi madre, una luchadora que siempre daba cara a las circunstancias adversas de la vida sin ceder un milímetro en el enfrentamiento, al ver mis crisis, el sufrimiento que sentían era inimaginable para mí, como ahora solo puede ser entendido por quienes son padres de familia y, ven en sus hijos, lo que vieron mis padres en mí: la impotencia de no saber qué hacer.

Después de mi fracaso universitario, abocado siempre a escribir y leer, una mañana leí el diario y encontré un anuncio: solicitaban agente de seguridad para una fábrica importante.

Lo conversé con mis padres, y ellos estuvieron de acuerdo. Me presenté a la entrevista y luego de unas cuantas preguntas, se me indicó dónde laboraría y qué debía hacer en otros puestos de trabajo cuando fuese rotado. Estaba feliz. Iba a tener mi propio dinero. Me iba a sentir útil, eso era lo más importante.

Y así fue, al llegar mi primera noche de servicio, no lo sabía,  recibí una gran lección: el mundo no es fácil, la vida es dura para todos, estén donde estén y, lo más importante: ganarse la libertad como espacio propio para poder dedicarse a lo que realmente le gusta a uno, es un privilegio que pocos cuentan, es decir, un destino conquistado, como  es ahora el mío.

Por esos entonces, en los 90's, la economía peruana no tenía las mismas características que cuenta ahora. No había trabajo y si lo había, era mal remunerado y acaso el empleado, explotado. Por eso, al entrar a la fábrica, con un libro en la mano de Hesse: El lobo estepario, me sentí desubicado, como si la vida hubiese transcurrido miles de veces a mis 21 años, y lo que observaba no lo conocía ni desde mis libros, ni las películas que había visto ni los comentarios que se daban en las casas de  mis abuelas maternas donde se contaban todo tipo de historias. Observé  a seres humanos oprimidos, personas condenadas a ser obreras sin posibilidades de desarrollo, atrapadas en la ignorancia o el analfabetismo, destinos que permanecerían así hasta que la muerte les llegara.

No lo sabía hasta ese entonces, pero en todas partes, el fuerte hace abuso del que tiene a su lado, y así, en una cadena de abusos que se reitera hasta el más débil de todos, unos se desquitan del mal rato, mal día, o mala vida, siempre con el que está la lado y lo convierten en su víctima.

Porque observé hombres trabajar parados noches enteras, frente a máquinas que les robaban el sueño, o que los derrotaba y les hacía recordar a cada momento que eso no era vida, que los temas románticos que escuchaban desde sus pequeñas radios de compañía, les hablaban de otras épocas, cuando fueron felices y se enamoraron, y creyeron como todos, en un mundo mejor.

Una mañana, prestando mi servicio como agente de seguridad en un grifo que quedaba a las afueras de la ciudad, se me dio por consigna que en determinada zona de parqueo, no se estacionase ningún vehículo, por ser zona de riesgo de derrumbe.

Esa mañana comprendí que mi 1,80 cm. y mis 65 kilos, eran un chiste ante la mala voluntad de aquellas personas que encontramos en todas partes y, que disfrutan con hacer pasar un mal rato a quienes convierten en objeto de sus maldades.

Un taxista se había estacionado en la zona que se me había indicado por parte del dueño del grifo, nadie podía estacionarse. Al llamarle la atención educadamente, el señor taxista no me hizo caso y me desafío a que lo sacara a la fuerza si podía. Me sentí desamparado. No respetaba que llevara una vara o un revolver. Sin saber qué hacer, alguien dijo entre la gente: ¡métele guardia! Y así lo hice. Este señor taxista se fue pidiendo disculpas después que hubiese reportado lo sucedido por mi radio a la base de vigilancia, quedando todos estupefactos por lo que les contaba, exclamando a viva voz: eso no puede pasar, cómo permite ese vigilante que no se le respete.

Minutos después, un vehículo de carga pesada se estacionó donde anteriormente estaba el taxista, y vi bajar de él, a un hombre corpulento y pesado, diciendo: de aquí nadie me saca.

La mañana anterior, un camionero me invitó unos sanguches de cerdo en un local donde se reunían los que hacían transporte. Era una buena persona. Me observaba de vez en cuando y me hablaba de la soledad de los hombres que hacen ruta viajando de ciudad en ciudad. Era un tipo alto, de brazos gruesos y manos grandes, con una caja torácica impresionante, cabello cano, y mirada afable y triste. No sabes aún cómo es la vida. Ni siquiera te has dado cuenta que desde que hemos entrado al local para comer estos sanguches, todos guardan silencio, me decía. Le pregunté por qué. Porque tienes un arma. Estás armado. Podría pasar cualquier cosa. Los camioneros somos buenas personas, pero cargamos mucho estrés, y es muy normal que nos agarremos a golpes. Pero a veces se nos va la mano. Quisiera hablarte sobre la vida. Me simpatizas, eres un buen muchacho. Veo que no sabes aún qué es ésta, el cómo la vida ha logrado derrotar hasta a los más fuertes como inteligentes. Solo quiero que recuerdes siempre esto: a pesar de lo malo que la existencia pueda ser, siempre habrá alguien como yo, que querrá estar como compañero, dándote un  consejo, respaldando tus dudas.

Era un buen tipo, quizá por eso a mis 40 años aún lo recuerde.

Hasta que llegó esa noche en que me di cuenta que el mundo de los obreros no era fácil. Debo ubicar a mi amigo lector. En mi lucha por aguantar en el trabajo, había vuelto a la fábrica donde estaban los obreros, para rendir mis servicios. Entre aquellas personas que no usaban bien el castellano, o cuando lo hacían atinadamente, algo mágico parecía fluir en la atmósfera: la palabra expresada con propiedad en medio de un carnaval de términos mal dichos, desde donde no se entendía nada.

Sentado desde la garita, a las 4:30 a.m., esperaba el ingreso diario de los obreros del turno de la mañana, siendo alrededor de 40 para las tres líneas de desmotamiento de la lana de alpaca. El olor que expelía la fábrica era intenso, como el estertor constante de sus máquinas. Y entraban a medida que iban llegando para firmar el cuaderno de asistencia y dirigirse luego a las duchas donde se cambiaban de ropa,  para ir luego a las lineas a trabajar. (Les llamaban líneas a los módulos donde habían máquinas).

Las edades de los obreros oscilaban entre los 18 años hasta los 65. Como era el caso de un sexagenario que siempre era abusado por un compañero suyo quien lo sometía a humillaciones constantes delante de todos, frotándolo con su cuerpo por el trasero, sin que el anciano pudiese hacer algo para defenderse.

Estaba en la realidad, no la que detallaron los libros que hasta en ese entonces leí. Por eso cuando evocaba a Hesse y su novela, sentía que El lobo estepario era lo que realmente fue: ficción.

Una noche, al rendir mis rondas de reconocimiento de la fábrica, encontré una puerta que daba a otra fábrica que no debí abrir. Decenas de jóvenes mal vestidos, cada quien con un saco de algodón que debía ser depurado, me obeservaron a la vez y empezaron a echar burlas. Cerré la puerta y en ese momento evoqué el destino de un hombre alto, de raza negra, fuerte y de carácter melancólico, a quien observé trabajar como burro en otra fábrica donde brindaba mi servicio de agente de seguridad: mañana será otro día. Eso fue lo que el homber de color dijo al salir cansado luego de un largo día de trabajo en donde pude ver con claridad que el Perú en esos años, estaba divido abismalmente entre los que tenían dinero y educación, y por lo tanto, una mejor calidad de vida, y los oprimidos.

Sentado la noche que retrata en palabras el título de este testimonio, desde la garita, sintiendo andar las máquinas, y el frío de la soledad de la noche, tenía sobre la mesa el revolver y me decía: es solo un momento, un instante. Es solo cuestión de introducirlo por la boca para que la bala salga por la nuca, y así todo abrá acabado.

Era solo cuestión de jalar del gatillo. Era tan simple. Le tenía tanto miedo a la vida. 

Para ser preciso, no me gustó lo que en ese momento sabía de ella.

 

Han pasado cerca de 20 años de aquel intento de suicidio frustrado, en el que dándome una tregua, comprendo que si hubiese perpetrado aquel intento, habría cambiado el destino de los que me quieren, y acaso, un recuerdo sombrío y lleno de desesperación con culpa, envolvería el haber evocado mi nombre, dejando la certeza que no se puede con la vida.

Aprendí que las satisfacciones llegan con el tiempo. Que la paciencia es una virtud que todos tenemos que cultivar, y que desde este mundo donde estamos todos contra todos, hace faltan testimonios optimistas, que basados en la realidad, nos motiven a seguir luchando, pese a todas las derrotas diarias que arrastramos.

La pregunta es entonces: ¿cuàntas veces tiene el ser humano, que desilucionarse de la vida para rendirse ante ésta?

Creo que todas las que se puedan aguantar, es decir, todas aquellas que sepan conducirte a tus sueños, a tus metas, como lo dijera por televisión y luego en mis disertaciones literarias siempre: nada detiene al hombre determinado y decidido. Necesitamos nuevas verdades y esperanzas en un mundo donde todo es incierto y todos sentimos la soledad.

La vida no se resume en un solo día, mes o año, sino en un siempre que se va de nosotros rápidamente sin pedir permiso.

Al día siguiente, sin que yo lo sepa, echaron ácido butírico en la garita. El Hedor fue insoportable. Me llamaron de la base indicándome que debía doblar el turno. El escarnio y la burla fue desmoralizador.

Al salir del trabajo por última vez, el miedo se apoderó de mí, y vi un mundo feliz a mi alrededor, donde todos concordaban con una marcha sincronizada en la que no formaba  parte.

Lo tenía claro: quería ser feliz.

No me iba a rendir.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 

 

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