De aquí a 60 años

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Salí plácidamente a caminar por las calles céntricas de la ciudad. Es un jueves poco poblado, no hay muchas personas a esto de las 4 de la tarde, y el sol no es fuerte. Veo turistas por doquier y acaso en mi andar he encontrado a unos cuantos conocidos con quienes he intercambiado un saludo cordial sin ánimos de romper la magia de los pensamientos en los cuales iba imbuido.

Acompañado por una melodía de Europe, Heart of Stone, me dirigía hacia un restaurante donde ordené un plato delicioso de cuya ración pedí doble para quedar satisfecho.

A esa hora de la tarde el barullo de la ciudad de Arequipa que cuenta con algo más de un millón de habitantes era susurrante y apacible.

Mientras iba saboreando el plato del cual me servía, observaba a las personas que estaban a mi alrededor y me preguntaba qué había detrás de ese rutinario y generoso silencio, desde el que pude recordar las épocas cuando trabajaba para una empresa de estudios de mercado, y tenía la oportunidad de recorrer la ciudad, tocando puerta por puerta, con una sonrisa invencible, como quien disfruta al máximo la labor que hace, como era efectivamente así. Esta imagen rescatada de las personas que estaban en el mismo local donde yo comía fue relacionada con las puertas de las casas que tocaba, cuando al abrirlas por personas a quienes no conocía, me inquietaba e interesaba el mundo que había detrás de esos umbrales donde otras realidades se sucedían, y me despertaban sensaciones de diferentes apreciaciones.

A veces las personas que me atendían me invitaban a pasar a su casa y me invitaban galletas con una taza de té, pese a la advertencia de mi jefe que sugería que era mejor no prestarse a circunstancias no manejables como por ejemplo, verme inmiscuido en problemas cotidianos donde el mal humor de alguno de los integrantes de los hogares de las familias encuestadas, pudiesen entorpecer mi labor del día que consistía en caminar durante horas, a veces por las zonas residenciales de la ciudad y otras, por las más precarias y poco favorecidas en esos entonces por la economía de Perú.

Recuerdo a una jovencita justamente a quien encuesté sobre un tema en particular asignado, y al escucharla atentamente comprendía que aún no hacía un uso adecuado del lenguaje para expresarse y acaso  el vocabulario que utilizaba era más bien subjetivo y lleno de ideas poco esclarecidas o no entendidas. Me preguntaba entonces cómo serían sus pensamientos desde su soledad, en su conciencia, cuando sin ser plenamente dominadora del habla que tenía, acaso su imaginario era explicado de una forma peculiar, quizá con connotaciones léxicas muy propias que relacionaban las palabras con imágenes que solo ella podía entender.

Me dejó una  sensación tierna y un temor inmediato: quizá nadie la entendía. Pero más allá  de si mi observación era correcta o no, ese ímpetu de querer elaborar un discurso a partir de las preguntas que le iba haciendo, su desenvoltura y desembarazo evidenciaba el deseo de querer comunicarse ya como un adulto. Solo tenía 16 años, no era válido hacerle ver que su manejo de la palabra era enredoso y poco acertado.

Quizá lo que en ese momento evoqué fue una puerta que fue abierta por otra persona, esta vez una señora de casi 30 años, quien en las horas de la tarde, ansiosa de querer conversar con alguien me dejaba ver hacia dentro de su casa una atmósfera desde donde se podía percibir una dulce felicidad, acompañada de niños corriendo y jugando, y por supuesto, esta señora, quien descansada por las labores del hogar diarias, atentamente me respondía a mis preguntas.

Pero yo estaba más bien atento al cómo era su hogar. Recuerdo vivamente ese verde esmeralda de las paredes, de una sala donde indudablemente los niños habían destrozado literalmente los muebles por ser muy traviesos o tal vez, el humor a otra familia, desde donde la señora olía a cocina, me dejaban una sensación agradable y confortadora.

Estas evocaciones vinieron al momento de paladear sin prisas el plato que comía al cual lo encontré a mi parecer como siempre bien hecho, razón por la cual siempre retorno al mismo local cuando me apetecen sus anticuchos (hechos de corazón de cordero o res) o sus caparinas (hechas de vísceras de cordero) que combinadas con bastante ají picante, engullía masticando, sintiendo el rico sabor que me provoca este plato.

Y seguía con atención el silencio de los presentes, tratando de imaginarme cómo serían sus vidas, qué diseño tendrían sus casas, o si acaso las personas presentes solo estaban de paso por la ciudad, o qué motivaciones tendrían para con la vida, sus vidas.

De pronto volvió a ocurrir lo de siempre. Me quedé absorto en mis pensamientos hasta concluir en una conciencia en blanco desde la que no se piensa nada, a lo que yo llamo, entrar en mi propio nirvana, y sentir y dejar fluir lo que está en mi entorno para llenarme de la energía que a mi entender, era muy buena y relajante.

Al terminar el plato y pagar la cuenta luego de beber una Escocesa, que es una bebida propia de la ciudad, salí para confundirme entre la multitud de personas que iban y venían, donde se podía uno cruzar con todo tipo de gentes desde las calles donde el comercio en los 90’s referenciaban el punto de encuentro de los fines de semana, de la juventud de mi generación.

Madres con bebés en sus brazos o desde sus carritos. Parejas de enamorados paseando a plena risa feliz tomadas de la mano. Varones de paso apresurado conversando desde su celular con quien sabe quién y sabe Dios de qué negocios, o vehículos esperando el verde del semáforo haciendo fila en las calles angostas del cercado de la ciudad, dentro de un orden establecido en el que todos siguen su marcha, como destinos anónimos o desconocidos y con luchas personales o responsabilidades llevadas sin esfuerzo por la madurez y la certeza que solo otorga la experiencia y las batallas ganadas a la vida.

Decidí entonces dirigirme a la plaza de armas de la ciudad que quedaba a un par de cuadras de donde estaba, para sentarme en las gradas de la catedral y dejar fluir mis pensamientos mientras observaba a las personas pasar.

Esa claridad del cielo acogedor me conllevaba una veza más a mi condición de filósofo, desde donde al observar los portales que cercan la plaza, cuyos arcos hechos en piedra en dos niveles, acogen a turistas y demás gentes, de las cuales podía oír con claridad las risas propias de quienes comparten entre cerveza y cerveza, esos buenos momentos de los cuales está hecha la vida, y acaso comprendía que, mientras prendía mi cigarro, desde las gradas, donde apoyaba mi espalda a las rejas de la catedral, cada quien vivía en su propia realidad, mundo, o sueño.

Y fue entonces que evoqué otro tipo de recuerdos, momentos épicos de mi juventud rebelde, de esas mañanas de compromiso cuando abrazaba causas universitarias y desplegaba mi estridente voz, en reclamo a lo que los de mi generación considerábamos era justo, agitando banderas o alzando el brazo, para protestar ante los desaciertos del gobierno y que como jóvenes universitarios, considerábamos, era justo nuestro proceder.

Hasta que la lucidez me invadió de una manera fulminante, y sentí que el tiempo se detuvo maravillosamente, para entregarme la pregunta que debía formularme a mis 50 años, que es la edad que considero, me conducirá a otra soledad, llena del vigor propio de los que han recorrido un largo camino, desde el que la mirada que voltea hacia atrás, sonríe con complacencia.

Ese claro azul vespertino del cielo me interrogó sin angustia: ¿qué pensamientos tendré cuando esté en el último minuto de mi vida y me enfrente a la muerte?

A mis 40 años la videncia del adelantarme en el tiempo y querer más o menos tratar de saber qué pensaría antes de morir, digamos, a mis 100 años, por estar convencido que la vida me gusta y que esta cantidad de años es legítima para el que no quiere dejar ir la vida, formó parte de la interrogante de la tarde, desde la que acompañado de personas ajenas a mis pensamientos, la paz que mora dentro de mí, me anticiparon un final que desconozco pero sé, estará lleno de recuerdos buenos que supieron sopesar en la balanza de los hechos, a  aquellas adversidades que solo cuentan como conocimiento y a las cuales he decidió llamarlas aprendizaje y no, experiencias negativas.

Calé mi cigarro y no me anticipé a nada. Solo pensé en esos 100 años, en el último momento, y en las cosas que aún me faltan por hacer, para saber lo bueno de la vida y que está allí invitándonos siempre a descubrir, para no haber pasado en  bano por este mundo.

Y observé una mujer extremadamente bella, un anciano caminar a paso lento con la frente erguida, un  niño que trataba de decir algo mientras balbuceada y una plaza atiborrada de personas imbuidas también en  otras realidades, desde donde el mundo a mi entender, se mostró bello y plácido.

Y me pregunté entonces cuánto tuve que aprender a superar, para disfrutar de este espacio propio, desde el que conquistada mi libertad, las excusas solo me las podía dar a mí o acaso mis horarios regulares o irregulares solo respondían o responden a lo que planifico según mis metas literarias.

Supe entonces que me faltaban experiencias por conocer y que 40 años no eran un soplo fugaz que se va rápidamente. Ahora mismo mientras escribo, comprendo que este privilegio de atrapar a la existencia a través de mis escritos, me conllevaron por otros caminos agradables, desde donde mi vocación correspondía y corresponde con quienes también piensan igual que yo, y solo requerimos de soledad y silencio, para reparar en cuánto hay en nuestro alrededor que ignoramos y que deseamos forme parte de nuestra vida, con el fin de convertirlo en un texto o un poema, que reivindicase o justificase estos momentos eternos, desde donde el universo se nos manifiesta de formas sorprendentes, enfrentándonos a la vida, curiosamente sin sentir ya angustia ni temores bobos, que impiden ver con claridad lo que tenemos al lado y que puede relacionarse por ejemplo con, sentimientos negativos o envidias que vienen de parte de personas que aún no han hallado el equilibrio en su vida, o acaso no han aceptado el espacio que ganado o no, es con el que cuentan y debe ser valorado, para emprender los derroteros elegidos, desde donde la existencia cobra sentido, o el cómo desde nuestras aprehensiones, nos quedamos impresionados con lo que nuestros ojos ven, y retienen sin mayores complicaciones, solo para acercarse a la esencia de lo inexplicable, como el olor de una rosa, la cómoda temperatura de un momento de la tarde, o el derroche brioso de energía de nuestros músculos mientras se camina, o lo hago yo, siempre a toda velocidad, con el fin de ganarle al día tiempo y hacer un poco de ejercicio con la caminata, que años atrás desde la misma plaza, a horas muy tempranas, cuando aún el cielo no estaba abierto o despejado, trotaba cerca de dos horas diarias, sintiéndome dueño de la plaza de armas y de la ciudad, respirando el aire limpio sin smog, o siguiendo mis impulsos de querer sentirme vivo a todo momento, para rescatar de esos instantes eternos, lo que es motivo de este escrito, que releeré a mis 100 años, si es que acaso a esa edad, esté en otra ciudad o quizá en otro continente, quizá viendo de cerca a las pirámides, o contemplando amaneceres con otros colores desde un crucero o simplemente desde mi habitación, escribiendo con optimismo sobre una vida que se dedicó de entero a la literatura, y detuvo al tiempo, para convertirlo en palabra encarnada por la vivencia o el entendimiento, desde innumerables libros ya escritos que espero, sean completos y no ingratos, es decir, lo suficientemente precisos, como para decir que me fui de este mundo, con las ganas de seguir escribiendo.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 

 

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