Desarrollando la personalidad

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

En una de las tertulias dadas en los grupos de reinserción social, uno de los integrantes, quien padeciendo de Trastorno Bipolar, comentaba que le costaba mucho mantener un equilibrio emocional que le permitiese tener una vida tan ajustada como el de las demás personas, nos impresionó el hecho que no decidiera a pesar de ello, rendirse ante la vida. Dominador de la lengua inglesa y el alemán, estudiante de derecho y medicina, nos decía entre otras cosas, que uno de los mayores impedimentos de los que padecen esquizofrenia es el reconocer que se tiene esta enfermedad. De allí que se genere todo un conflicto y la no ayuda inmediata y debida para las víctimas que considerándose ellas chivos expiatorios de una sociedad, que hasta hace unos años era excluyente y que desinteresada por los oprimidos, no prestaba atención a la salud mental de los integrantes de una sociedad competitiva, por cierto estresante y llena de presiones constantes que vienen desde el trabajo hasta la convivencia en la comunidad, nos relataba el cómo le costaba aprender a vivir solo y si acaso su familia ya lo había dado como un caso perdido, dejándole a su suerte con una pensión que le permitiese sobrevivir con todas las comodidades desde un apartamento, donde las paredes son inmensas, cuando no sabe qué hacer ya con su vida.

Al entrar al grupo de terapia, supimos que lo requería era de afecto como la mayoría de integrantes, quienes han hecho de mencionado grupo un stop en medio de los largos días desde los cuales, se mantienen ocupados leyendo o trabajando para sus padres para no pensar en cosas negativas que afecten a su bienestar.

El hecho de encontrar técnicas que permitan a los pacientes sentirse bien, es motivo de inquietud para los profesionales de la salud mental, quienes tratan de adaptarse a las soluciones que estos mismos pacientes han encontrado para superar sus momentos de crisis o ansiedad.

Uno de los presentes acaso comentaba que los avances de la ciencia eran muy optimistas y coincidía en que el apoyo del gobierno estaba presto a ser brindado a aquellas personas o pacientes que queriendo trabajar y sentirse útiles a la sociedad, se acogieran a los beneficios que les asisten, considerando que en Perú estamos en el decenio de la discapacidad e inclusión social.

Hace años que las clínicas donde se brinda tratamiento a las personas que padecen de algún trastorno de la personalidad han dejado de llamarse manicomios, o acaso, el temor a ser internado en éstas, ha sido desmitificado de tal forma que en mi experiencia, llegué a conocer a pacientes que se internaban por su propia voluntad, y no porque lo necesitasen con apremio o urgencia, sino porque dentro de estos locales de salud mental, comentan la mayoría, se sienten muy bien y expresan, lo toman como unas vacaciones.

A propósito de esto, hace unos días recibí un correo desde Argentina, donde la pareja de un paciente diagnosticado con esquizofrenia temía por lo que  pudiera estar pasando dentro del internamiento, quizá porque el temor a que el paciente sea vulnerado en sus derechos humanos o sea maltratado aún  impere dentro del imaginario colectivo, haciéndonos creer que es un infierno las clínicas de salud mental, cuando en realidad eso no es así, al menos desde hace décadas, en Perú.

El hecho mismo que los especialistas de manera optimista vean cómo se recuperan sus pacientes y ven con esperanza el futuro de la psicología o psiquiatría, desde la que han logrado reinsertar a magistrados, doctores, profesores y demás profesionales, a sus labores diarias y al rigor que éstas exigen, nos demuestra que la desestigmatización de la esquizofrenia y otros trastornos de la personalidad que en el siglo pasado fueran consideradas como demencias incurables, hace un gran hito en la historia de la ciencia desde donde por fin hoy podemos decir: los desórdenes mentales pueden controlarse y hasta manejarse, brindando esa calidad de vida que inclusive las personas “normales” (y lo escribo entre comillas) adolecen.

En uno de mis controles periódicos para recibir los medicamentos que tomo y me compensan mi bioquímica, y acaso me permiten sentirme bien siempre y abocarme con la serenidad que se requiere para dedicarme a la literatura y testimoniar que la ciencia ha avanzado y que tengo la fortuna de poder contar con el apoyo no solos de mis familiares, sino de los especialistas en salud mental quienes prestos no solo a apoyarme incondicionalmente sino a preocuparse por mi estado compensado, para ser un paciente funcional, es decir, una persona tan normal como cualquier otra, con  quizá la ventaja que todo lo que viví en su momento, me ha permitido valorar más la vida y mi libertad, y desde allí, querer formar una visión distinta de lo que es la esquizofrenia, conversaba con el padre de una excompañero de  universidad, a quien suelo encontrar eventualmente, de formación arquitecto, en un intercambio de opiniones, llegásemos a la conclusión que el estigma del diagnóstico ya no es tan fuerte como hace digamos 50 años atrás, y que al menos en la ciudad donde radico, es muy común que a los pacientes de salud mental se les preste tolerancia y oportunidad para que se desarrollen en sus diferentes facetas dentro de las cuales podrían ser útiles a la sociedad. Es que deberíamos ver a esta enfermedad como se le ve a una gripe u otra dolencia. Maravillados por los alcances de la ciencia, considerábamos con atino el cómo los laboratorios químicos habían logrado avances considerables tras el rescate de quienes padeciendo algún desorden mental, podían hoy por hoy, superar con más ventaja que tiempos atrás las adversidades que la vida da.

Y es que no necesariamente las personas deben orientarse hacia metas inalcanzables, a veces la puesta de sol o la suave brisa del mar, quizá también el hacer deporte o el saber cultivar tertulias que de provecho permitan a las personas en su roce social crecer y desarrollar su personalidad, sea una de las constantes de esta postmodernidad, donde desde Perú,  las inquietudes de los ciudadanos rayan en el disfrute de la vida y los placeres que puedan brindar como me lo dijera una conocida: el trabajo. Es que desarrollarse a través de una labor no solo brinda desde la responsabilidad de ejercer una función un reto que estimula a sentirse bien, sino que además contribuye a que las personas compartan parte de su humanidad y así, en las relaciones sociales, se edifique no solo amistades, sino las múltiples posibilidades de conocer a quien podría ser el amor de sus vidas.

Y esto está también al alcance de los pacientes compensados o funcionales, que teniendo un tratamiento controlado, no solo pueden ya abocarse a terminar sus estudios sean universitarios o de capacitación para algún trabajo, sino que además pueden sentirse dentro del mundo como personas aceptadas, en la medida que este tipo de experiencias positivas les galvanice la moral y autoestima, y les permita entender que todos somos seres humanos, que no hay diferencias entre un día difícil para un paciente que trabaja como para aquel que sin ser medicado, ejerce funciones similares.

Se da el caso que uno de los integrantes del taller de reinserción social se ha dado el lujo de rechazar varias propuestas de trabajo, por no ser las que se adecuen a sus intereses. Sus actividades acaso se orientan a administrar los negocios de la familia y a estar  en la espera de que le llegue una oferta bastante tentadora, desde donde pueda desenvolverse con ese entusiasmo muy propio de él, que nos hace entender que las mejores alegrías son quizás aquellas que se les conoce después de haber pasado por los más difíciles momentos, porque como él mismo lo dijera: me siento bien, y creo, con ambiciones de ser feliz como lo son algunas personas que conozco, ¿no les parece?

Y le doy toda la razón. Pero a veces nuestras charlas giran en torno a los desamparados o a los que no reciben la comprensión por parte de sus familiares. O tal vez a aquellos que aún no han superado el estigma del diagnóstico.

Se corre mucho la voz en torno a Johnny, un paciente que se ha integrado al taller y que está haciendo gestiones para que el grupo no sea solo un punto de apoyo para los que ya estamos estabilizados por años y podemos abocarnos a lo que nos interesa.

Johnny es un paciente interesante por las características de su historia clínica, por su franqueza al momento de dialogar, por el no cerrarse en su enfermedad sino por el contrario, comunicarla y buscar alternativas para su curación o en todo caso, su bienestar que creo,  por ahora es lo más importante. Pero por qué Johnny se ha dado a conocer. Hace ya algo de 3 meses al integrase a la asociación que vela por los intereses de los pacientes con esquizofrenia del departamento de Arequipa, de manera voluntaria e inquieta, está haciendo gestiones para que dicha asociación obtenga resultados y podamos así no solo los del taller de reinserción social, sino los que aún no están recuperados totalmente, puedan contar con un espacio o local propio, desde donde se pueda no solo tertuliar los fines de semana, sino que como a manera de club, ser un lugar de encuentro donde además hayan todo tipo de talleres ocupacionales, desde los cuales, el paciente medicado pueda ejercer algún oficio que le haga sentir bien o útil.

He escrito sobre casos impresionantes de superación personal desde los cuales, el deseo de salir de la abulia o apatía, o ese reaccionar ante la vida y querer vivirla, nos contagia a todos, con ese ímpetu propio de los que han logrado hallar un sentido a lo que hacen y lo convierten en la razón del día a día.

Este tipo de testimonios es el que necesitamos para hacer entender que  ser esquizofrénico no es ser un incapacitado mental o todo lo contrario a lo que estima el saber popular: un genio.

Dadas mis experiencias en las que he tenido oportunidad de conocer a personas con mi mismo diagnóstico, sean compensadas o no, he notado en la evolución del tratamiento, el interés por recuperar el tiempo perdido y el renovar su imagen o responder con asertividad ante circunstancias límites desde las que ya acostumbrados, pueden superarlas con un poco más de conocimiento que las personas que no reciben tratamiento, porque el hecho mismo de haber conocido experiencias  extremas y sentirse emocionalmente apoyados por los medicamentos que toman, acaso les permite estar con un plus más que los demás.

Me quedo pensando en el personaje inicial de este ensayo desde el que, el paciente bipolar, mostrándose aún reacio a tomar los medicamentos, buscaba alternativas naturistas para la cura de sus depresiones como el por ejemplo poner al sol un vaso con  agua todo un día y beber solamente su contenido como dieta, para curar así sus males.

Esas depresiones acaso pueden verse conflictuadas con el temor a ser diagnosticado y por tanto a ver desmedrada su autoestima. Lo cual relaciona al paciente con todo un proceso de adaptación, desde el que sin estigmas, entienda que los medicamentos que le receta el especialista, no son para hacerle ningún daño, sino más bien para otorgarle lo que él tanto busca: una nueva oportunidad para volver a empezar.

Y vaya que lo he visto en  muchos pacientes que sin estigmas, se han dado lo mencionado, un respiro en el camino, porque entienden que esa enfermedad que tanto daño les hizo, hoy por fin pueden manejarla, cosa que por cierto los apertura, al desarrollo de su personalidad, y por supuesto, a una mejor calidad de vida.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 

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