El aprendizaje y la felicidad

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

“Hay muchas razones para luchar en este mundo, la más importante eres tú.”

 

Durante muchos años creí que era la única persona que sufría en este mundo, que las experiencias más negativas solo las había tenido yo. Habría con el tiempo de conocer a más personas que permitirían humanizarme y hacerme entender que el dolor es algo común a la condición humana, y que lo que este mundo requiere son  aportes basados en experiencias de superación personal que entregasen certezas de que el mundo sí vale la pena, cosa que lo aprendería con el pasar de los años, al empezar a luchar por tener experiencias positivas, que no solo contribuirían al desarrollo de mi personalidad, sino a mi lucha por querer ser libre en el mundo.

Las veces que fui internado en psiquiátricos, pude romper esa burbuja desde la cual estaba convencido, la vida se había ensañado solamente conmigo, que el mundo no valía la pena. Lo que no sabía era que estaba en ciernes mi maestro interior creciendo, y que éste me repetía constantemente: ¡no te rindas, hay algo bueno al final del camino!

Y fue que empecé a hallarle gusto a la lucha por mis ideales y mi vida. Ese largo proceso desde el cual nunca había perdido la fe, a pesar de estar días enteros encerrado en mi habitación, llorando con amargura y tratando de encontrar la forma de salir de mi terrible aflicción, tuvo que ser superado con la ayuda de profesionales quienes vieron como ven en todos los que padecen de esquizofrenia: una víctima a rescatar del sufrimiento.

De algo estoy plenamente convencido: la esencia no la perdemos. Ésta se nutre y desarrolla de los amigos que elegimos para que nuestro maestro interior crezca y preparado ante la vida, pueda enfrentarla a ésta con todo el rigor que se necesita para alcanzar los objetivos trazados de vida.

Y mi única herramienta con la cual contaba para humanizarme eran mis escritos que al ser compartidos con los estudiantes de la escuela de literatura, me entregó hallazgos que me aperturaron hacia otra visión de la vida y el goce de mi libertad. Con el tiempo empezaría a escoger mis vivencias y a través de estás, crear un soporte emocional, desde el cual, mis recuerdos fuesen otros para cuando llegase la noche y la soledad, y supiese quién había dentro de mí.

En los psiquiátricos había encontrado al igual que yo, personas muy maltratadas por la vida, acaso destruidas, pero con deseos de ser felices, pese a su dolor, sufrimiento y falta de confianza en las personas. Dicho en términos más precisos: víctimas de un  modelo de convivencia que las convirtió en chivos expiatorios en algunos casos, y en otros, de los azares del destino, desde el que nadie puede tener una vida con felicidad garantizada.

Desde mi aprendizaje pude entender que tras mis escritos, hacía falta en mi generación un verbo renovado que motivase a los lectores. Que queríamos certezas no amparadas en la ficción  ni la teoría, sino aquellas que venían de personas que habían logrado dominarse o conquistarse, y vencer a sus depresiones o miedos interiores. Supe que no teníamos héroes, que la fe era algo muy frágil en las personas y que ésta era esperada con ansias ser despertada, porque en el fondo, todos queremos lograr nuestras metas, y acaso ser felices.

Los sucedáneos por ejemplo, al ver su uso en  otros adolescentes, me confirmó que la búsqueda en sustancias solo corroboraban mis impresiones del porqué las personas beben o se drogan: no soportaban emocionalmente su vida. Algo estaba pasando que yo había ignorado desde mi habitación en la que encerrado lloraba amargamente.

No lo sabía, pero el mundo me estaba esperando para que me uniese a él, como nos espera siempre a todos, para en unión, emprender ese largo camino que sin embargo es breve, fugaz y a veces incomprendido.

No quería de ninguna forma seguir en mi dolor, estancado en esas experiencias negativas que solo me generaban frustraciones y verdades inútiles para la vida: una sabiduría común que todos callamos por ser insoportable.

Me preguntaba entonces, ¿qué me puede hacer feliz? La respuesta era una sola: ser libre de la enfermedad. Faltaba por ello mucho para que lograse humanizarme y a través del conocimiento de las otras personas, corroborase que la soledad o los problemas cotidianos eran comunes a todos, que lo que buscamos en  los demás es la moral inspiradora que motive a luchar con más pasión dentro del mundo.

Al confesarme humano, supe que no estaba solo, que al igual que yo, muchos jóvenes conocían de lo que les disertaba en mis presentaciones literarias, y acaso por mi mente pasa ya la idea de la necesidad de héroes en un mundo donde nos cuesta mucho creer en las demás personas.

Sin saberlo, el proceso de desarrollo de mi personalidad estaba ya en ciernes, a tal punto que un día me daría cuenta que ya no vivía con el miedo normal de los que no se atreven a ir tras el mundo por lo que consideran es suyo a punta de esfuerzo y sacrificios. Que era feliz, que a pesar de haber perdido mi juventud, a cambio, había ganado a  mi maestro interior, mi voz que en medio de lo más imposible, me llenaba de fortaleza y entusiasmo para con la vida.

El mejor terapeuta que tenía era yo, y de ello se percataron los psicólogos y psiquiatras que tenía. Y fue que alentaron sin que me diera cuenta este desarrollo personal hasta que volviera a recuperar la confianza en mí persona por mi parte, y me reinsertara al mundo con el propósito de entregar una nueva verdad a los que hubiesen experimentado todo lo que yo había conocido.

Mayor fue mi sorpresa al ver auditorios llenos desde los que algunos presentes sabían de memoria mis poemas o acaso al ver sus rostros, confirmaba que la vida valía la pena, como se lo dijera en una ocasión a mi madre en una de las presentaciones de mis libros, cuando le dijera: Madre, gracias por haberme dado la vida, no te lo había dicho antes, ahora te lo digo, ahora conozco el otro rostro del mundo, y ¡me gusta!

Años antes, cuando solo sabía del sufrimiento y del dolor, en una discusión que mi madre tuvo que tolerar ante su impotencia de no saber cómo sacarme de mi sórdido mundo, le dije: ustedes las mujeres deben ser muy felices para traer hijos a este mundo. Sé que fui injusto, pero esa expresión revelaba lo que yo sentía en ese entonces. Que ser un luchador no es fácil. Para todos la vida se nos muestra hostil y competitiva y nos exige un dosis de energía superior a la que contamos. Felizmente la vida me entregó las experiencias positivas necesarias para que públicamente de manera espontánea, le diese las gracias en público a mi madre, que yo era feliz.

Mi esencia acaso en nada se había alterado. Solo se había ido formando con el rigor de una vida que se convertiría en el testimonio de mis escritos. Llegado el momento, valoré mis momentos críticos y difíciles, para dejar a un lado el pasado y poder recién apreciar el milagro de la vida, y reparar en sus misterios.

Había retornado desde avernos imposibles de ser soportados, y como ahora, era más fuerte que nunca, preparado para lo que yo eligiese para mi vida, desde una libertad que tuve que conquistar, para ante mí demostrar mi valía, y en legado dejar la certeza que el mundo nos necesita a todos, que no hay dolor superior al deseo de ser feliz, que la vida tiene sus mecanismos mediante los cuales se encarga de llenar ese libro personal que es cada uno, hasta que la sabiduría alcanzada nos otorgue la paz y satisfacción personal propias, de quienes estando en el mundo, se enfrentaron contra su mente como fue en mi caso, o ante adversidades mayores, que exigieron más de lo que esas personas pudieron dar a la vida, y que sin embargo no se rindieron, porque en algún momento de sus vidas, conocieron la felicidad, y supieron que ella merecía la pena, que no todo está perdido cuando se siente la impotencia de no poder superar los problemas cotidianos, que había una razón importante por sobre todo: el derecho a ser feliz, que creo estimado lector, nos es común, a todos, sin excepción.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 

 


 

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