El pensamiento obsesivo

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Tenía que encontrar la forma para poner orden a  ese conglomerado de pensamientos llenos de interrogantes que me descubrían dentro de una naturaleza filosófica que, intentaba entender todo aquello que siendo motivo de mis lecturas y cuestionamientos, no cesaban de fluir en mi mente, llegando en su momento a convertirse en una fascinación cuyo control en determinado momento de mi vida, escapó de mi voluntad.

Recuerdo por aquellos años de mi juventud cuando mis apreciaciones de la vida eran tan intensas, que me urgía volcarlas en mis diálogos, haciendo recurrente mis preocupaciones en las conversaciones con mis contemporáneos quienes interesados en la motivación que le ponía a temas que iban desde la muerte, el amor, la vida o en todo caso, redundaban en las crisis existenciales, si bien en un principio, cautivaba las amistades que tenía, al irme conociendo, concluían que lo que debía estudiar era filosofía y no ingenierías por ejemplo.

Naturalmente tenía mis razones para que a mis 17 años quisiese entender el porqué de todo de manera tan obstinada.

Alguna experiencias difíciles me conllevaban una y otra vez a querer entender cuáles son los propósitos de Dios para con el ser humano y el mundo y acaso en su momento fui también ateo como seguramente muchos jóvenes hoy en día lo son.

Y no encontraba el grupo social desde donde pudiese desarrollar ideas que relacionadas con el modelo de convivencia social, otorgase los alcances que requería no solo para explicarme al mundo sino a mí mismo.

Esos días febriles en los que dedicado a escribir todo lo que pensaba, venían acompañados de reflexiones interminables desde las que sin darme cuenta, poco a poco empezaba a perder el control sobre el orden de mis pensamientos, e iba relacionando una idea con otra, sin poder ya descansar normalmente como la hacen las demás personas.

Esa actitud filosófica que intentaba escrutar e inmiscuirse de manera comprometida en los misterios de la vida solo me otorgaron extensos escritos desde donde, no se entendía nada de lo que escribía y solo lograba cansar a mis amigos lectores. Sin embargo, cuando conocí a los de mi generación en la escuela de literatura, otro mundo conocí, desde el cual las largas tertulias expuestas, coincidían justamente con esta naturaleza filosófica de la cual les hablo: era notable el interés que le ponían a sus dudas o inquietudes, o sus lecturas cada vez más difíciles, los aperturaban hacia visiones más ricas como diferentes, de una realidad que interpretada con total libertad, impulsaba a desarrollar pensamientos propios desde los cuales, era el verbo la herramienta más inmediata para expresar todo lo que era motivo de cavilación como pretexto para intentar crear no solo un ensayo o un poema, quizá sentían lo mismo que yo, y ese deseo ávido de además, sostener tertulias donde no solo se expusiese la interpretación de los textos estudiados, sino que además propusiese esto las  tesis personales desde donde el aporte de cada quien rayase en las soluciones para un mundo inmensamente desconocido y que era descubierto a través de libros y cátedras que según las interpretaciones dadas por los alumnos, dentro de ellos se generaba la creación y por cierto, lo que siempre he lamentado: un discurso demasiado académico desde donde solo podían ser entendidos por otros literatos que de igual forma podían seguirles en la disertación, o expresión de quien maneja términos propios de sus estudios, pero que ante la atención de quienes no leían con esa perseverancia y no hacían un uso de tal lenguaje, terminaba por hacer sentir al oyente como un bruto.

Esta crítica desde la que observé que el hecho de pretender expresarse con propiedad y claridad, hizo que me apartara eventualmente de estos conocidos, porque llegado el momento, era tan poco inteligibles sus discursos que dejaban la impresión de no querer ser ya entendidos.

Sucede que les ocurría lo mismo que me ocurría, al leer libros que siendo ilustrativos y esclarecedores, el ánimo para detallarlos y explicarlos o cuestionarlos partía de iniciativas comunes donde reitero, las agudas interpretaciones siendo profundas, dejaban un largo abismo entre quienes vendrían a ser sus lectores seguidores y el enunciamiento de un discurso que carecía de lo fundamental: la claridad o el lenguaje lúcido para su expresión.

Pero acaso comentábamos en esas noches de bohemia el cómo al principio le robábamos horas a la noche o al sueño, para estar inmersos en esos libros fascinadores que nos cautivaban, cuyo conocimiento nos acercaba a una libertad no supuesta ni imaginada, la libertad de saber que aquellos temores que teníamos eran motivo de estudio de los grandes pensadores que hacían común a éstos, y acaso los convertían en universales, humanizándonos en la lectura hasta entender que dentro de cada uno de nosotros había una persona que crecía cada día más y más dentro del mundo, con el respaldo que nos habían dejado en  legado, los titanes del pensamiento que ya habían recorrido buena parte de nuestro camino, y acaso nos dejaban advertencias o consejos sobre el cómo es la vida y cómo se le debe asumir.

Estas experiencias iniciáticas con las lecturas poco a poco sin embargo terminaban por convertirse en hábitos que acompañados del silencio solitario de las madrugadas, invitaban también a la reflexión del lector, quien inspirado en lo leído, se volcaba a escribir un resumen o en todo caso un ensayo sobre lo leído, para así seguir la espontaneidad de la lectura, es decir, devolverle al mundo todo lo que el libro estudiado nos había dado.

Naturalmente en mi caso, cuando he tenido problemas para escribir he recurrido a los textos de Mario Vargas Llosa, quien luego de 10 páginas de voraz lectura me ha devuelto la inspiración, y he escrito con mi ritmo habitual sobre temas que curiosamente no tienen nada que ver con la narrativa de Mario, es que acaso, mis contemporáneos al llenarse de las ideas de escritores quienes haciendo una gala extraordinaria de un verbo que recreaba realidades,  sentían lo mismo que yo, y se volcaban a escribir en ese proceso que llama el Nobel Peruano como “la solitaria”, desde donde uno se obsesiona con la soledad y la escritura, viviendo en otra parte para vivir en ésta. Ese acto de creación desde el que Vargas Llosa por ejemplo, se encierra horas de horas para escribir, acto envidiable para muchos escritores, tiene mucha relación con el hábito o los ejercicios constantes con la escritura.

Y acaso los integrantes de mi generación habían desarrollado un esquema de vida desde el que leer y escribir era una forma de entenderse en el mundo, y por tanto, ejercer la vida.

Pero en mi  caso sin querer generalizar la experiencia, partiendo solo desde mi aprendizaje y acaso comentando sobre algunas experiencias compartidas de otros colegas escritores, fue que si bien la literatura se convirtió en mi estilo de vida, y a través de los escritos diarios, pretendía entenderme para así poder entender luego a los demás, sin darme cuenta, esta rutina de vida que iba acompañada de libros y páginas en blanco que iba llenando reitero: febrilmente, robando como escribiera párrafos arriba, horas al sueño o la noche, me condujeron hacia una realidad inevitable, no tenía un método ordenado de estudio, y era poco consciente que el llenarme de ideas de otros autores, al enriquecer mi verbo por el constante recurrir al diccionario o a otros libros de consulta, provocaría lo que en suma le pasaba a una de mis contemporáneas quien habituada a este estilo de vida, al no tener deseos por ejemplo de leer, a las 3 de la mañana, desde su casa en silencio, y sin poder derrotar a la página en blanco, no lograba superar su ansiedad o desesperación ni con películas ni con llamadas telefónicas  a su pareja ni con el deseo de conversar.

Llegado el momento nos habíamos dado cuenta que hay algo dentro de cada uno de nosotros que aún no tiene explicación y que es un absurdo el estar vivos sin poder entender ello.

Si venimos a este mundo y nos abocamos a un proceso intelectual desde donde pensamos siempre, lo más lógico es partir de un conocimiento pleno desde el cual sabemos quiénes somos y así de esa forma, las circunstancias que nos rodean puedan ser enfrentadas con más confianza o en todo caso, se pueda revertir el estrés de manera exitosa.

Y es que esta colega escritora caminaba sin cesar dentro de su casa, sin poder ya saber qué hacer porque seguramente algún libro la había interpretado y ocurría lo que nos ocurre a todos, el no saber con quién compartir lo experimentado a través de la lectura por el temor a quedar en el ridículo o no ser entendidos.

Esa soledad de la lectura acaso es tan deliciosa como el deseo mismo de también compartir lo entendido con alguien que fascinado con la materia, nos dé alcances desde donde otra sea la soledad, y la visión descubierta del mundo sea motivo de un escape de la rutina, para celebrar el encuentro de quien ha pasado por lo mismo.

Cosa rara por cierto si se trata de experiencias muy peculiares de las que todo el mundo está lleno, y hace que nuestra soledad sea mayor y acaso solo tengamos en frente a autores con sus libros que nos dicen cómo se sintieron ellos, dejando una de las grandes frustraciones que da la lectura, el no poder tener en ese mismo momento al autor, para conversar con él o ella, y así, hacer del mundo un lugar perfecto para el diálogo y el encuentro, con el ser humano que habita dentro de cada uno de nosotros, y que se ha entendido y por tanto dado un paso importante para su desarrollo personal dentro de un mundo donde pocas personas saben quiénes son y esto les es motivo de angustia.

Pero yendo a mi caso, el pensamientos obsesivo en mi persona se manifestó desde temprana edad en la que no podía dormir y me abocada a repasar mentalmente mis lecturas, y repensar la historia y el querer saber por qué fue así ésta y si acaso, había una solución para el hombre y su condición humana.

Y es que en este pensar sin poder dejar de sentirme seducido por las reflexiones partidas de mis lecturas, llegaba a interrogantes comunes como el ¿quéhacer? O  el ¿cómohacer?

Creo sin temor a equivocarme que todos creemos y esto es legítimo, que cada uno de nosotros, los adultos, tenemos un acercamiento al cómo el mundo debería ser.

Todos tenemos algo qué proponerle al mundo.

Si en artículos anteriores escribí sobre el porqué es necesario vivir en tolerancia, armonía, libertad e igualdad, es porque justamente los modelos de convivencia que tenemos solo sirven para crear nexos de soledad entre la persona y la sociedad.

Hay un diálogo que no está concluido en cada uno de nosotros y que necesita ser oído para sentirnos más libres o en todo caso empezar a sentirnos libres.

Si acaso los medicamentos que tomo me permiten descansar normalmente y tener un dominio sobre mi consciencia, y así poder manejar mis pensamientos de tal forma que pueda llegar a conclusiones desde las que no me vaya de idea por idea sin terminar de desarrollar una sola, considero esto acaso como un avance dentro de la evolución del pensamiento humano, desde donde le hombre ha perseverado en su dominio ante su conciencia, y ha buscado los mecanismos o formas para que en este caso el pensamiento obsesivo pueda ser canalizado y usado con fines positivos u óptimos como es en el caso de mi literatura y mis reflexiones.

El poder contar ahora con una libre albedrío acaso me habla de una paz alcanzada desde la que mis reflexiones siguen siendo agudas, pero acaso ya no me producen esa angustia del no poder saber qué hacer ante tanta reflexión, que naturalmente no conduce a ninguna parte si acaso no hemos aprendido a sacar provecho de nuestras cavilaciones, o encaminarlas como en mi caso, en la literatura.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 

 

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