El porqué y la angustia de estar vivo

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

“Conocerse a sí mismo es el primer paso para hallar la paz.” Tiene el ser humano que ser sacudido ferozmente de su mundo, sus esquemas deben ser movidos de tal forma, que sus cuestionamientos sobre la vida le conlleven a crisis existenciales desde donde, no vivirá en paz. Recuerdo por allá en los años 80’s, cuando aún contaba con 13 años, tuve la seguridad que a los 16 años moriría con un cáncer a la próstata que lo había venido desarrollando por ciertos hábitos comunes a los adolescentes, pero que sin embargo, dentro de mi sensibilidad de lector, al llegar a mis manos un escrito, en donde, se ilustraba sobre mencionado cáncer, no dudé en pensar que lo había contraído a tal punto de padecer los síntomas y por consiguiente, contar los días que vivía como únicos e irrepetibles, en medio de una tristeza que me decía que iba a dejar este mundo sin haber conocido nada de él. Fue por ello que frecuenté grupos religiosos o católicos, no con el fin de alcanzar el cielo eterno, sino las respuestas que daban las hermanas vicentinas cuando dirigían las reuniones. Pude percatarme que las dudas sobre Dios y los cuestionamientos que generaba la Biblia, no eran solo comunes a mi persona. Que algo sucedía a las personas más inteligentes de mi generación que no llegábamos a los 16 años. Un año después, me declaré ateo por entender que el mundo que observaba no me gustaba, ya cuando había superado el temor o certeza de ese cáncer del cual les he escrito. Pero desde mis pensamientos, otras preguntas surgían en medio de una incertidumbre que me dejaba solo en el mundo, sin una respuesta que le diera razón a mí vivir. Ésa era la angustia. Y no era el único que la experimentaba. Pude encontrar jóvenes lectores que buscaban la verdad de igual manera. En esto quiero reparar en Max Cohen, el matemático que quiere hallar un patrón coherente en el universo explicado por números a través del número Pi, en la película que habla sobre el orden del caos. Hay una escena en la que está siendo interpelado por un rabino que apellida igual que él y le pide los números que había hallado a través de sus estudios para adaptarlos a la numerología judía, y tener así el verdadero nombre de Dios para invocarlo. Max Cohen padece la angustia de estar vivo y el deseo vivo de hallar la razón de ser del ser humano. En su obstinación por encontrar el porqué estamos acá nos lleva hacia Euclides, Arquímedes o Da Vinci por citar a algunos, quienes desde sus estudios, buscaron una respuesta a lo que somos. La misma angustia sentida por Jean Paul Sartre en su libro El ser y la nada, desde donde explica porqué la nada es otra realidad desde la cual vivimos, por temor a estar en ésta, hablaba ya de las falencias no de un sistema sino de una condición humana en la que, desde su cultura, el ser humano siempre quiso saber quién es y hacia dónde va. Esos propósitos que aún ignoramos si es que no estamos sujetos a dogmatismos, nos enfrentan ante manifestaciones que deben tener explicación alguna, como las que se interroga Max Cohen al contemplar todo lo que le rodea y creer ciegamente que como científico, podrá hallar la verdad. Ésta es una de las grandes frustraciones del ser humano. Contar con una inteligencia privilegiada que es incapaz de explicar y darnos la razón fundamental del porqué estamos acá. Los mismos judíos que a través de la Kabala, que aplicada al Torá, desde el que cada carácter tiene correspondencia con un número y así Aleph es el 1 hasta completar un alfabeto , nos dice también que la búsqueda de Dios es algo inherente al ser humano, más que para salvarnos, estar seguros que no estamos en vano en este mundo, que hay razones superiores para pensar que toda esta creación corresponde a un fin determinado. Hay todo un proceso mediante el cual, empezamos a desligarnos de las preguntas elementales, pero solo por un momento breve en nuestras vidas. Cuando nos insertamos en la sociedad y contraemos otro tipo de responsabilidades sea con un hogar ya formado o rigores laborales desde donde el imaginario de las personas, se nutre de preocupaciones que le hacen olvidar el espanto de nuestra soledad ante el universo. Pero la angustia vuelve en los momentos más críticos. El ver morir a un ser querido o el padecer una enfermedad incurable, u alguna otra razón que reitero, mueva todo su esquema de vida y vuelva a replantear cuál es la razón de nuestro estar en el mundo. Los orientales en el libro de Tao, comprenden quizá de otra forma a la divinidad acompañada de la meditación y la contemplación del universo como un todo lleno de misterios del cual hay que tomar modelo de ejemplo, para con nuestras vidas, como en los Haikus, desde donde los maestros de la poesía, hacen un derroche generoso del saber de la naturaleza aplicado a la condición humana. Pero acaso el conocimiento es uno solo, y esté el número Pi también en su cultura, como interrogante científico de lo que podríamos explicarnos a través de la matemática por ejemplo. Considero particularmente que el ser humano tiene dos etapas fundamentales en su vida: la primera es la del filósofo angustiado que desde sus reflexiones intenta dar con la verdad del universo, (véase el caso de Edgard Alan Poe y su obra Marginalia o Eureka que viene a ser su verdad planteada sobre el universo y la vida) y la segunda, cuando desistimos completamente de esta larga búsqueda, para entrar en otro tipo de experiencias, las que observan el detalle de las cosas, que van desde los filamentos de una planta, hasta los movimientos de los astros pero ya sin afanes reveladores y totales. Pero persevera la angustia. Un claro ejemplo fue la compra de indulgencias que duramente criticada por Martín Lutero generó el protestantismo ante el papado que eximía de todo pecado a aquel que con su dinero aspiraba comprar la vida eterna. La angustia de estar ante eso desconocido que llamamos muerte sea quizá el motor de aquellos que buscan la verdad para no tener la certeza que hemos transcurrido en este mundo sin un objetivo claro. Buscar una razón que explicase nuestras habilidades y razonamientos desde donde nuestra inteligencia nos interroga constantemente qué propósito tiene todo, mientras se observa el morir a las personas en el devenir de las generaciones dejándonos verdades macabras en torno a la existencia tiene que de alguna manera compensar además ese dolor o amor experimentado en vida, que no puede de ninguna manera ser bajado a la categoría de irracional, por no tener razón de ser. Sean acaso las vicisitudes las primeras puertas que nos induzcan hacia la búsqueda de la verdad, nuestra sensibilidad se aboca a los estudios con fines más ambiciosos, llegar a Dios. En varias disertaciones mías acaso lo he dicho públicamente sin afanes soberbios o herejes sino más bien místicos y creo legítimos: llegar a conocer a Dios. Si bien el físico teórico Paul Davies nos dice en su obra: El universo desbocado, que estamos en único mundo desde donde podemos a conciencia preguntarnos nuestro por qué, debe ser sin duda la angustia la medida en cómo el ser humano empieza a conocer el miedo por estar lidiando todos los días con una constante que no lo redime de nada: la muerte. La preocupación de algunos al momento de querer trascender y dejar un legado es pobre cuando se malinterpreta el estar en el mundo y decir: yo existo, que puede ser vista banalmente ante la atribulación de los que a través del arte, se han liberado de esos demonios feroces que han llenado de pasión su vida, una pasión atormentada y digna de ser comparada con avernos insoportables, desde los que las impresiones dejadas en sus obras, nos adentran a los mundos que ellos conocieron y la peculiar angustia sentida como es explicada en el libro de Sartre, La edad de la razón, desde donde, el vértigo de la vida, deja sensaciones aciagas sin respuesta que hablan de conflictos internos no resueltos cuyo destino es angustiante, por no decir, el más temido y no elegido. Es que ese estar ante lo desconocido y no poder entenderlo podría ser solo comparado con las entidades trinitarias sagradas desde las que se explica en base a dogmas y postulados de fe cómo es la naturaleza de Dios, y el cómo el ser humano es incapaz de hacer inteligible esta realidad para los creyentes. Sin duda es la formación impartida en los colegios la que tiene mucho que ver en el cómo llegado el día terminamos por enfrentarnos al mundo, desde donde la paz y la felicidad la seguimos desde otras personas, que vistas como maestros de la vida, creemos nos pueden enseñar qué derroteros debemos seguir para ser felices. Esto me trae a colación una noche en que un escritor argentino que se presentara en una de las Ferias Internacionales del Libro organizadas en la ciudad donde radico, Arequipa, respondiera ante la pregunta que le hiciera, luego de que este autor confesara haber tenido una juventud llena de excesos adelantada a su época, desde la que superó prejuicios muy arraigados en ese entonces, como los ligados en contra de la homosexualidad, dándome a pensar que desde sus experiencias con las drogas y otras vivencias que le hicieron cruzar la línea de lo no permitido en su generación, podría yo obtener de él una respuesta que no a mí, sino al público presente les dejase un aporte que en resumen, explicase su filosofía de vida y el cómo ésta se podía aplicar a los demás. Me quedé sorprendido de su falta de compromiso ante sí y los demás, puesto que dijo que en ningún momento había deliberado con su literatura dejar un mensaje moral a la sociedad. Solo escribió por entretenimiento, (cosa que no me parece malo si es que de esa forma se ayudó a vivir) pero sin pretensiones de ser un maestro. Quizá en esto Mario Vargas Llosa tenga razón en su último libro escrito: La civilización del espectáculo, donde hace unos apuntes relevantes sobre la carencia de compromiso en los escritores de esta generación, y el cómo solo escriben para entretener al lector. Algo que por cierto hay que revisar desde los escritos de quienes pretendemos dar respuestas a lo que somos. A sí que vuelvo a Max Cohen y El orden del caos o Pi, desde donde su angustia por no poder hallar la verdad de este mundo explicada en base a un patrón numérico y científico, nos revelase la certeza que todo tiene una razón de ser y Dios no juega a los dados como lo dijera Einsten en su momento. De una u otra forma, todos estamos inmersos en una realidad desde la cual se nos hace difícil concebir lo que es materia importante y vital para nuestra razón de ser. Nuestra tecnología avanza a pasos abismales en nuestra generación desde la que somos incapaces de sospechar lo que pueda sorprendernos ésta en lapsos menores a un lustro. La modernidad que llega a los países que ahora se les denomina progresistas que acaso entrega una mejor calidad de vida, entre otros avances de la ciencia que permiten brindarnos una mejor salud, no son suficientes ante las preguntas elementales que no han sido resueltas, y como lo escribiera líneas más arriba: seguimos parados frente a lo desconocido, y esto de por sí es angustiante, porque no sabemos quiénes somos. Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 


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