Fragmento de Los derroteros de la soledad, (novela).

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

“Todos los días son largos”, piensa Marco.

Está paseando por uno de los pasillos del psiquiátrico. Son las tres de la tarde y se ha acercado a Raúl.

Raúl es un paciente con esquizofrenia resistente al tratamiento. Es un tipo extraño, de unos 20 años, delgado y con la piel bien bronceada por el sol. Marco estima que Raúl debe  haber caminado mucho por las calles de la ciudad. Él lo hizo de igual manera en Lima. “Son  largos los caminos de la desesperación” pensó. Raúl siempre lleva una sonrisa tonta propia de los cretinos. Su caminar es desconcertante. Pero ahora está sentado. Ha oído hablar de él. De su psicopatología.

-Así que telepatía de pieles.

Raúl seguía sonriente. Pero en el fondo estaba angustiado.

-¿Ya te ha pasado a ti?-preguntó Raúl.

-Tú acabas de llamarme-dijo Marco.

Raúl se levantó inmediatamente y presuroso fue donde el médico de guardia y le dijo:

-¡Es cierto lo de la telepatía de pieles! Marco dice que yo lo he llamado con mi mente.

-Cálmate Raúl-dijo pausadamente el doctor- Marco solo está jugando contigo.

-Pero él...

-Él también está enfermo.

Raúl regresó a donde estaba antes. Marco seguía sentado allí.

-Disculpa-le dijo-. No, no me has llamado con eso que tú llamas telepatía de pieles.

-¿Estás seguro Marco?

-Totalmente seguro.

-¿Entonces tampoco mis pensamientos son oídos por los demás?

-Yo solo escucho los míos, pero tengo la certeza de que nadie más los oye.

-¿Tú por qué estás acá?-le preguntó Raúl.

-Es una larga historia. Pero creo que tú tienes un problema de identidad sexual.

-¿Cómo sabes eso?

-Sobre ello me estaba hablando mi psicóloga.

-¿Tú también entonces tienes telepatía de pieles?

-No.

-Yo tengo la sensación de que todos saben qué es lo que pienso. Vienen a mi mente deseos impuros. Estoy excitado todo el tiempo, soy muy sensible al sexo.

-Lo mismo le pasa a Juan.

-Ah, al adolescente que se lava la boca cada quince minutos. ¿Sabes qué dicen de él? Que se lava la boca porque le ha hecho el bucogenital a alguien.

-No sé si sea cierto. Tiene los labios bien hinchados de tanto mojárselos. Creo que es un santo. Le pasa lo mismo que a ti. No tiene control sobre sus pensamientos. Piensa todo el tiempo en el sexo. Hay una lucha constante en él. Es virgen. Repudia al sexo. Y siempre siente que le hace el amor a todas las mujeres que van a su mente.

-Yo siento algo parecido, pero lo siento en mi piel. Siento que  mi piel se comunica con la piel de las demás personas sin importar el sexo que tengan. Siento que esas personas lo saben. Me excito por ello. ¿Pero estás seguro que yo no te hago sentir nada?

-En lo absoluto.

Raúl hizo una pausa. Seguía con la misma sonrisa de cretino. Entonces miró a Marco y le dijo:

-¿Dicen que mataste a alguien de tu trabajo? ¿Es cierto eso?

Marco se puso nervioso. Tosió. Prendió un cigarro y dijo:

-No, no es cierto. Quise matarlo, pero sólo le propine una buena golpiza. Por ello perdí mi trabajo.

-¿Y por qué le pegaste?

-Hablaban mal de mí por su causa.

-¿Y qué hablaban?

-Conspiraba mejor dicho.

-¿Conspirar?

-No lo entenderías.

Raúl entonces se levantó y empezó a caminar raramente. Iba sin rumbo fijo a ninguna parte. Solo caminaba.

-¡Marco Guevara!-se escuchó desde el tópico. Era la voz de la enfermera-sus medicamentos.

-No quiero tomarlos, me ponen muy lento.

-Tienes que hacerlo para que te recuperes.

Marco tomó las pastillas y arrastrando los pies empezó a dirigirse a su habitación. Cayó pesadamente dormido.

Al despertar lo vio allí. Era Goyo.

Eran cerca de las 6 de la tarde y podía sentirse desde la sala de baile cómo reían los pacientes que en la terapia de integración social, bailaban dirigidos por dos enfermeras.

Goyo estaba sentado sobre su cama. Marco compartía la habitación con él. Goyo miraba al vacío. Tendría aproximadamente 50 años y el cuerpo deforme, propio como el de una cucaracha enorme.

-Me gustaría pasear por la ciudad, pero no me dejan-dijo Goyo.

-¿Hace cuánto tiempo que no sales de permiso?-le preguntó Marco.

-No recuerdo. Años-fue lo que dijo el hombre con cuerpo de cucaracha-.Ansiamos salir de aquí, aunque sea por un solo día, por una hora al menos, pero no nos dejan. Solo dan de alta al que ven va a cumplir con su tratamiento, al que está convencido de que está loco. Me pregunto cómo será afuera. Qué se debe  sentir el estar en la ciudad. Poder tomar un café en algún local donde hay muchas personas libres de verdad.

-¿Y te han dicho cuál es la razón por la cual no puedes salir de aquí?-preguntó Marco.

-Temen que me pase algo.

-Y tu familia, qué es de ella. No he visto en estos días que te hayan venido a visitar.

-No lo sé. Dicen que tienen mucho dinero, no los conozco. Estoy aquí desde que tenía algo de 14 años. Éste es mi mundo Marco. Éste.

Marco salió para no pensar en el terrible destino de Goyo. Caminó como caminan todos los pacientes en el sanatorio, es decir, sin rumbo fijo, y fue a dar a la sala de juegos donde se escuchaban canciones de amor de los años setenta. Allí estaba Miguel. Estaba llorando. Marco se vio así mismo reflejado en Miguel. Por fin pudo entender que no era el único que  había sufrido atrozmente .Miguel tiene a lo mucho algo de 20 años.

-¿Por qué lloras?-le ha preguntado.

-Yo tenía una vida. Ahora no tengo nada.

-¿Pero qué te ocurrió?

-Comprendí que no sirvo para la sociedad.

-Eso es terrible Miguel. Eres demasiado joven para pensar así.

-Pues yo me siento muy viejo Marco.

Sentirse viejo. Era algo que siempre había oído decir de aquellas personas que ya habían perdido la fe.

-También fuiste víctima del sistema-dijo Marco.

-Tengo problemas para sociabilizarme con las personas. Tengo miedo amigo.

-Todos sentimos miedo Miguel.

-No como el mío. Yo tengo pánico.

-¿Pánico a qué?-le preguntó Marco.

-A que se rían todo el tiempo de mí.

-Entiendo eso. Es feo. Lo mismo me pasaba en el trabajo.

Miguel dejó de llorar. Se serenó y le preguntó:

-¿Se burlaban de ti en el trabajo?

-Todo el tiempo.

-¿Y por qué?

-Porque me tildaban de loca. Sí. De homosexual.

-¿Y eres homosexual?

-No, no lo soy.

-¿Y entonces?

-Querían aburrirme en donde trabajaba. Había escalado rápidamente puestos de confianza y eso no les gustó a mis demás colegas. Fue conspiración sin límite. Todos contra mí. Un loquerío. Llegué a  amanerarme sin querer y la burla se hizo mayor. Un día no pude más y exploté y terminé agarrando a golpes a mi jefe. En el trabajo no puedes discutir ni pelear con tus compañeros. Pero mi jefe temía que yo le quistase su puesto de trabajo. Él había maquinado todo lo que pasó: la burla. Me novataron Miguel, me novataron de la manera más vil a tal punto que me hicieron perder el trabajo. Todos estaban coludidos contra mí. Terminé en la calle. No pude sustentar ningún cargo en contra de los que me hicieron esto en mi trabajo. Lo negaron todo y alegaron locura. Alegaron que yo estaba loco. Que era antisocial. Que andaba siempre de mal humor y que discutía todo el tiempo con mis demás colegas, que era una persona muy conflictiva.  Pero yo tenía razón. Me querían volver homosexual.

-Nadie puede volver homosexual a aquel que no quiere serlo-dijo Miguel.

-Pero cuando la burla es constante y las humillaciones y ofensas se hacen recurrentes. Cuando te chiflan y te insultan y dejan de llamarte Marco para decirte María Bonita todos los días durante meses seguidos entonces es algo de no aguantar.

-¿Y que, no había algún relacionista público en tu trabajo?

-No sabes cómo son esas cosas. Más aún cuando el puesto del relacionista público    depende del que conspira todo esto. Y claro, el relacionista llama a las partes, se busca la conciliación, pero luego ningún acuerdo se cumple. Terminaron por tacharme de conflictivo e inmoral. Era totalmente injusto lo que me pasaba. Es cierto, lo quise matar. Y lo hubiera hecho de muy buena manera, pero nos separaron y perdí mi empleo.

-¿Y los dueños de la empresa para la cual servía tu jefe? ¿Ellos no llegaron a saber la verdad?

-Cuando se negocia con millones de dólares lo menos que quiere un empresario es tener problemas que le estorben a sus inversiones. No era indispensable. Eso lo sé ahora.

-¿Y qué piensas hacer?

-No lo sé. Acá todo es tan tranquilo. ¿Quieres que te sea sincero?

-Sí-dijo Miguel.

-Pues me gustaría no salir nunca más de aquí.

 

Fragmento de la novela Los derroteros de la soledad.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 

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