La capacidad de soñar y seguir creyendo

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Allá por  inicios de los 90’s, solía frecuentar a un grupo de conocidos que abocados a escribir, disertaban asombrosas conversaciones, con  el entusiasmo propio de quienes se asumían como intelectuales y acaso, se señalaban como promesas dentro del medio literario local.

De ellos no ha quedado ninguno, que haya brindado un aporte interesante o textos, a través de los cuales, su pensamiento convertido en obra, sea el manifiesto de lo que fue su sueño juvenil: ser escritores.

Recuerdo mucho la plática con una de las integrantes del grupo, alta y espigada hasta su 1,85 cm. Con unos labios poderosamente hermosos y muchas lecturas que hacían su tertulia interesante. Años después sería atrapada por el mundo de las drogas que le arrebatarían todos sus sueños. Y justamente sobre ello estábamos hablando mientras contemplábamos el atardecer. ¿cuál es tu propósito en esta vida?

Ella miraba casi fijamente al sol, parecía no temerle a nada. Y rompió su silencio diciendo: quiero ganar el premio Nobel de literatura.

Lo había dicho con tanta convicción a sus 18 años que era difícil refutarle mas por el contrario sí apoyarla en su deseo.

Todos desde que tomamos conciencia en este mundo, vamos creciendo acompañados de un anhelo. Ya anteriormente en otro de mis escritos, hable sobre la perseverancia del Escritor. Pocos somos los que seguimos en la brega de ser fieles a nuestro propósito. El mundo llegado el momento se nos torna imposible, y desde la soledad en el mundo, éste nos oye para querer saber qué hay dentro de nuestros corazones, en el momento verdadero, cuando se libra la batalla que marca la pauta de lo que uno es y será a partir de ese momento en adelante.

Creo particularmente que debemos seguir creyendo, apostando por un mundo mejor, que las experiencias negativas no son mayores que nuestros sueños. Que nada puede derrotarnos y que nada es mayor a ese impulso desde el que vemos al universo sin medir el riesgo de todo lo que podamos encontrar en el camino, como obstáculo o impedimento para que se hagan realidad nuestros sueños.

Las traiciones y conspiraciones propias de quienes muertos en vida por decirlo de alguna forma, siembran envidias y ensañamientos, acaso son dejados de lado ante aquellos que saben para qué viven y tiene  claro el objetivo de sus vidas. Shopenhauer acaso tiene razón cuando escribe: envidiar es tonto, porque nadie es realmente digno de envidia.

Neruda va más lejos, nos dice: hay que ser el sueño de uno mismo.

Las motivaciones casi siempre son personales, y las personas que buscamos para que se conviertan en nuestro punto de apoyo, corresponden  acaso a lo que queremos oír cuando sabemos estamos llegando al límite de nuestro estar en el mundo. Este es el caso de los psicólogos elegidos al momento de por ejemplo, hacer una catarsis, de saber que el apoyo moral recibido corresponda a lo que uno necesita.

Pero es que un ser humano que ha dejado de soñar, es un ser que ha dejado de creer y por tanto ve al mundo sin fe y sin salvación. Contemplamos al  mundo según lo que tengamos en el corazón. Y ello hará más difíciles las cosas en la medida que la persona vaya concretando sus metas. ¿Pero no es acaso intrínseco el anhelo de saber que no se vive sin un sentido alguno?

En mi última novela, La brevedad en el tiempo, escribo justamente sobre el destino y lo detallo de esta forma: somos breves en el tiempo, de lo que se trata es de hacer digna esa brevedad, de no vivir en bano.

Esta máxima puede ser interpretada de diversas formas. Como acaso a mis 40 años me sienta más cercano a Bukowski o Henry Miller que distante a Rimbaud o a Novalis, quienes muriendo jóvenes sin estar muy lejanos de los 30 años, dejaron un legado importante como los primeros mencionados: esa moral que te galvaniza tu actitud en el mundo y te hace luchar como lo planteara Lin Yutang en La importancia de vivir, o la lucha encarnizada contra la derrota en El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

Es más fuerte el amor propio ante cualquier tipo de derrota desde la que, el ser humano, sumido en la peor de las miserias, desista de querer seguir peleando por lo que considera es la razón de su existir: uno mismo.

Por ejemplo, dentro de mi capacidad de creación y motivación, como habrán podido notar, me nutro de pensamientos optimistas y positivos que sepan alentarme cuando dude o acaso me sienta desganado o triste por alguna razón ajena a mi voluntad. El Heavy metal por ejemplo, es uno de mis grandes motivadores, por ser el referente de una generación cuya mística a mi entender no ha sido superada aún. Siempre que escribo, me dejo llevar por la frecuencia propia de esos temas llenos de vigor y fuerza, cuya letra además de ser optimista, habla de ellos, de los sueños, de esa etapa en nosotros los adultos, que se relaciona mucho con el niño interior, aquel que ve al mundo con asombro y se maravilla, y quiere ser uno solo con todo lo que le rodea.

Acaso nos volvemos selectivos  y aprendemos a elegir a aquellas personas que sepan coincidir con esas vibraciones positivas que emanan las personas enérgicas, llenas de virtud y con buena fe ante el mundo.

Me costó mucho entender esto último. El saber elegir el entorno para que desde él, pudiese abocarme a escribir y en consecuencia, tener mi conciencia en paz, o al menos libre de alguna perturbación que impidiese volcarme enteramente a lo que es razón de mis escritos.

El alejarse de las personas conflictivas o temperamentales, no es un acto egoísta y de soledad desde el que, uno se recluya con pocos pero sí sumamente importantes amigos, cuyo aporte contribuye al crecimiento personal, de manera honesta, abnegada y siempre llenos de ese aliento que te hace ver lo espléndido que es la vida, y lo valiosa que es ésta, y cuán importante es contribuir a que este mundo sea mejor y cómo, desde la literatura, nos comprometemos a usarla como una herramienta que permita a los jóvenes lectores, encontrarse con ellos mismos en un mundo difícil, y acaso darles el vigor desde su soledad, para que se atrevan a ir tras sus sueños.

Recuerdo aquella tarde en la que estaba muy triste y deprimido, había ido a la Biblioteca y mientras buscaba algún libro que me ayudase a salir de mi aflicción, encontré un libro bibliográfico de Rainer Maria Rilke, que me dejó impactado al leer entre sus páginas cogidas al azar lo siguiente: tú no estás solo, mi soledad es compartida también contigo, y lo que ahora sientes, yo también siento y he sentido.

Lo notable es que el poeta escribió estos versos a la precoz edad de los 14 años. Inmerso en la realidad que le tocó vivir, su sensibilidad y agudeza le hizo entender que la soledad es uno de los orígenes de la condición humana junto con la del sexo. Complacido con lo leído, me senté para leerlo una y otra vez. ¡Un poeta me había interpretado, un poeta me había dicho lo que yo sentía! No solo eso, lo más importante, me había hecho entender que no era solamente yo el que sentía esa soledad, sino todos, absolutamente todos los que moran en este mundo.

Supe entonces que la soledad como lugar común, nos afligía a todos de alguna manera.

Como conversara en alguna ocasión con una amiga, lo más bello era encontrar con quien compartir esa soledad. O como lo dijera ya desde una visión más madura García Márquez: el amor es hallar a alguien con quien compartir nuestra soledad.

De una u otra forma. Todos tenemos o crecimos con un sueño e ilusiones que a medida que fuimos haciéndonos mayores, en algunos se hizo realidad estos propósitos y en otros acaso la amargura de lo que no se pudo hacer, o la indiferencia de lo que fue propio del mundo de un niñato que no sabía nada de lo que es el mundo se diluyó con el devenir de otros días y otras tardes donde la vida es diferente.

Sin embargo este mundo siempre ha estado sostenido por los sueños de quienes lo imaginaron a través de sus anhelos. Sea bueno o malo, no estaríamos donde estamos, con los avances de la ciencia, la tecnología y el arte, de no haber sido por la entrega y fe de quienes apostaron por sus sueños. Volviendo a Ernest Hemingway, dijo alguna vez que el mundo valía la pena, que era necesario luchar por él. Este tipo de testimonios que parten desde un pleno conocimiento de la realidad acaso es lo que haga falta en nuestro verbo diario, desde el que en la lucha personal con el día a día, nos motive no solo a dar lo mejor de cada uno de nosotros, sino también, generar una cadena de entusiasmo que se multiplique al momento de hacer una acción noble, que permita devolver la alegría a las personas.

Pedro Calderón de la Barca acaso escribió:

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

¿Frenesí, ilusión, toda la vida es sueño y los sueños, sueños son?

Pues estimado amigo lector, solo hay una única forma de saberlo: viviendo nuestros sueños, ya que si nuestra existencia es tan breve, deme una razón para que usted no luche por vivir su sueño, dentro de nuestra inmensa soledad, desde la que al llegar a la vejez, solo hemos de contemplar una vida que debió ser vivida, como uno quiso, y no el destino.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 



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