La esquizofrenia y las ideas conspirativas

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Nos condicionaron desde pequeños en los centros de estudios para ser inteligentes, es decir, a más agudeza en el razonamiento, mayor era la nota como recompensa al esfuerzo realizado. Aquí entra una de las grandes contradicciones de la educación en general.

Recuerdo en uno de mis internamientos a un paciente a quien había conocido hacía algunos años atrás en una academia preuniversitaria cuando se estaba preparando para postular a la Escuela Militar de Chorrillos. Compartimos carpeta en alguna ocasión, y pude constatar que sus conocimientos sobre ciencias eran muy bajos en rendimiento académico y acaso, estaba más presto a gastar bromas dentro del salón de clases, reacción inmediata por parte de los alumnos que no entienden nada de lo que el profesor de ciencias está enseñando, y como mecanismo de defensa, termina por burlarse de él por no aceptar la humillación de ser literalmente un burro.

Me sorprendió por tanto, cuando en la sala de estar del hospital, correspondiera a la constante de la mayoría de pacientes que había conocido y que tenía esquizofrenia: una amplia cultura que abarcaba todo tipo de conversaciones sostenidas desde una opinión propia que hacía dudar a cualquiera si es que eso conllevaba a pensar que el diagnóstico que le habían dado era incorrecto. Por esos entonces estaba muy de moda comentar sobre el servicio de inteligencia del estado, que andaba tras los pasos de los agitadores que estaban en contra del régimen dictatorial de Fujimori. Durante cerca de dos horas platicamos intensamente sobre literatura, filosofía, psicología, ciencias pasando por Einstein hasta Stephen Hawking dejándome una grata charla desde la que me sentí muy complacido, lo cual me motivo a hacerle la pregunta: ¿y qué haces acá?

“Es que sé demasiado, el servicio de inteligencia está detrás de mí.” Me levanté de mi asiento y empecé a reflexionar sobre el cómo la duda siendo legítima en cada persona, podría vulnerar el fuero interior de las personas hasta hacerles llegar a manías alucinatorias, en las que uno podía llegar a sentirse perseguido solo por leer demasiado y entenderlo como razón de persecución.

En realidad no era un perseguido político ni tampoco alguien tan relevante como para poder ser considerado como peligroso para los intereses del régimen dictatorial. Entonces cómo debía interpretar este hecho conspiratorio en el que  este paciente se victimizaba por el simple hecho de dominar la política por ejemplo y a su entender, saber cosas que otros no sabían.

Lo sorprendente era que su lógica en algunos temas de conversación era bastante acertada y sus cuestionamientos de si por ejemplo el hombre había en realidad llegado a la Luna, sometían al riguroso ejercicio de la duda, dejándonos en un total estupor y desconcierto.

Esto me recuerda a un señor de buena familia de la ciudad donde radico, que vive en una de las mejores zonas, quien deambula por las calles céntricas de la ciudad conversando solo y acaso, desde sus soliloquios, atrayendo el interés por parte de los que pasan a su lado.

Alguna vez me senté cerca a él para escucharle sus tesis sobre algo a lo cual él denominaba “el verbo de los 7 colores.” La fama de este personaje era notable porque se decía, tenía un vasto conocimiento sobre historia y otras disciplinas relacionadas con las ciencias sociales. Al escucharle las personas que eventualmente se quedaban con él para saber de lo que pensaba, el asombro y el miedo nos recorría por el cuerpo, pues nos preguntábamos, ¿qué es en realidad la esquizofrenia? Es que era obvio, no podía una persona con tantos conocimientos, caminarse las calles sin sentido de un lugar a otro, vestido en andrajos que no correspondían a su clase social, y encima de hacer gestos mientras abruptamente se detenía en plenas calles, para señalar una ventana o al sol o simplemente continuar con una charla que él mismo iniciaba y se contestaba, nos pusiera sobre el tapete qué es en sí la locura.

Alguna vez un catedrático de la escuela de literatura me remendó la lectura de Erasmo de Rotterdam y su obra Elogio de la locura, pero en sus primeras páginas no encontré más que un lirismo que sin ser honesto (y tampoco en afanes personales de desmedrar su obra) no cautivaba mi atención, porque no parecía hablar de lo que en mis confusiones yo sentía.

Es que hay una constante que quizá tenga relación con el hecho que se nos condicione para ser más inteligentes unos que otros en base a la cultura que se ostente. Es como si siempre nos hubiésemos quedado en esa etapa de la niñez desde la que demostrar al de al lado que uno ha sacado la nota más alta, compensa un ego que a mi humilde entender, se relaciona con un afecto o reconocimiento que se impone sobre el de todos los demás.

El mismo hecho de que para algunos escritores les resulte tentador ser calificados como genios, habla de los frustrante que es esta actividad desde la cual aún no nos hemos totalmente humanizado, y seguimos bajo condicionamientos que son compensados por ejemplo: con premios notables, que respaldan lo que se piensa o hace.

La semana pasada por ejemplo, para ser preciso, el sábado, en el taller de terapia, los presentes volvimos a recibir la visita de un paciente que convive escuchando voces. Como él mismo lo cuenta, siente que el demonio le da órdenes y le insta a quebrantar sus principios cristianos a la vez que va rezando el rosario, con el fin de poder soportar terrible tormento. Es que lo veíamos sentado junto a nosotros, y  mientras nos relataba cómo en ese mismo momento sentía que las personas que a unos metros, cerca a nuestro taller de reinserción social, donde queda también en otro ambiente aparte la cocina del hospital, nos decía que ellos comentaban sobre él, y algo más escabroso: que sabían qué estaba pensando en ese momento, mientras que con sus dedos tensos, avanzaba en el rosario otro Ave María para no ceder a una locura mayor desde la que al parecer, su lucha se ha convertido en un nunca salir de ese infierno.

Este paciente ha probado todo tipo de medicamentos, sin tener éxito alguno. Las voces siguen allí, presentes a todo momento, y los sentimientos invasores a su fuero interior son constantes. Comentaba por ejemplo que en el barrio donde él vive, su vecino que es psicólogo (es su testimonio) en una ocasión desde los altos de su casa le comentaba a otra persona, estando la persona de quien les hablo, presente desde el techo de su casa, que él era el anticristo. Así en sus propias palabras, nos relataba cómo un psicólogo vecino suyo le señalaba como un enemigo público con connotaciones religiosas.

A este amigo lo consideramos como el activista del grupo quizá porque no está de acuerdo con las explotaciones mineras que se dan en la Región de Arequipa, y por sus lecturas cada vez más alarmantes y apocalípticas.

Hubo un tiempo en que ansioso nos decía que Obama había dado la orden que para dentro de unos años, se instalasen unos chips en todas las personas con intereses de control total. Curiosamente esta noticia la corroboré en El Comercio hace algo de una semana.

Entonces, ¿qué tan de cierto hay en las ideas de conspiración en un esquizofrénico que siente la angustia de no poder tolerar una realidad de la cual se siente presa impotente?

Sus diálogos constantes sobre el fin del mundo que vendría con el planeta rojo llamado Hercóbulus, o el calendario Maya que ha trastornado a decenas de miles de personas en este mundo con la creencia que se viene el fin del mundo este año, acaso alimentaban nuestro morbo de no solo contar con un activista que quiere conservar las áreas verdes del mundo, sino además, generarnos emociones encontradas vinculadas con el miedo y el final total de todo.

Nos formaron para buscar la verdad, pero nadie nos advirtió que ésta tiene un precio muy alto, y que el conocimiento que podemos llegar a poseer, puede perturbar hasta a la persona más inteligente.

Quizás medidas a través de las cuales, se logre encontrar un método de estudio mediante el cual, el discernimiento que se tenga de lo estudiado, no atente contra la libertad de conciencia a tal punto de vulnerar la visión de la realidad y trastocar los hechos para padecer la angustia de sentirse en un mundo donde se teme que algo terrible e inminente va  a ocurrir sin que la persona que cree que es la única que sabe de ello pueda hacer algo para evitarlo, es por demás la expresión más precisa de la angustia de los que padecen esquizofrenia.

Y es que la mayoría de personas dejan de lado este tipo de preocupaciones triviales, por ser como lo leyera en un texto: “sanos salvajes”, es decir, personas prácticas que lo que desean es disfrutar de la vida sin afanes mesiánicos y acaso también intolerantes ante los prejuicios con los cuales, nuestro amigo del cual comentamos lo que piensa, es incomprendido y aislado, por no ser “normal”, es decir, por no pensar como piensan todos, es decir, o en serie, o con mucha simpleza.

De estos personajes y sus delirios desde los cuales creen poseer secretos que de alguna manera los hace sentir importantes y acaso esto tenga mucha relación con identidades ocultas que compensan el ser “más inteligente” que el vecino que tiene una mejor casa que la de uno o  que, se ha comprado una todo terreno pero que sin embargo, “no piensa” o “no sabe lo que yo sé”, nos habla de equilibrios buscados en los que las víctimas tratan de equiparar éxitos sociales con verdades que los anteponen como más listos o inteligentes.

Quizás las ideas conspirativas en torno a la víctima sean el reflejo de un modelo de enseñanza a nivel mundial, que revele falencias que quedan por corregir en donde el desarrollo de la personalidad se ve frustrado cuando encontramos personajes como los descritos, que nos evocan los errores de un sistema donde la lógica se orienta a hacer dinero y consumir todo aquello que brinda la modernidad.

En los casos mencionados, acaso prima un estilo de vida austero y abocado a la lectura de libros relacionados por ejemplo con El club de Bilderberg y el interés por querer saber quiénes son los amos del mundo y qué harán con nosotros, los comunes mortales cuyo destino es insignificante ante quienes deciden por ejemplo, instalarnos chips para tenernos controlados totalmente.

No estoy tratando de decir que la lectura e investigación pueda ocasionar daños en la persona estudiosa y generarle estados de confusión como los antes mencionados, ni tampoco hago una apología de las mentes que en serie piensan igual y no aportan en nada a la sociedad con sus contribuciones intelectuales. Lo escrito es acaso una observación atenta de lo que en realidad ocurre con una buena parte de las personas tanto normales o anormales que desde su aprendizaje, creen saber cosas en secreto que otros no saben, amparando su identidad en este saber para diferenciarse entre los demás, en una  cultura donde la información a veces deforma a las personas, llegando a confundirlas de tal manera, que entran en estados de paranoia, desde las cuales las sensaciones de daño se manifiestan porque se cree desde la subjetividad del paciente, que se está enfrentando contra personas poderosas y que peligra su vida por ser “el único que se ha dado cuenta “ que el mundo está en peligro y a merced de planes maquiavélicos de dominación mundial por parte de quienes ostentan el poder.

¿Cómo evitar este tipo de cuestionamientos y angustias? ¿Quién forma a quién? ¿Cómo formar a las nuevas generaciones para evitar este tipo de delirios en los que las lecturas que se le dá al mundo, en vez de que contribuyan a un crecimiento y desarrollo de la personalidad generen brotes de esquizofrenia desde donde la verdad es motivo de tormento?

Como leyera hace poco en un diario local, que se refería a la poca cantidad de psicólogos que hay en Lima, la capital de Perú, donde hay más de 8 millones de habitantes, alrededor de solo 150 colegios públicos contaban con un psicólogo a servicio de los estudiantes. Estamos en el siglo XXI y los avances tecnológicos nos han sacado una ventaja impresionante en lo que concierne a   su comprensión. Si bien por los inicios del siglo pasado, las personas llegaban a creer que cuando escuchaban desde la radio canciones, era porque en realidad, habían personas pequeñas dentro de ésta y al desarmar la radio y no encontrar nada, la pregunta era, ¿y de dónde viene entonces la música? Así de igual forma, nuestras nuevas generaciones se enfrentarán a  retos de comprensión mayores que digamos por ejemplo, el cuestionar si el hombre llegó a la Luna. Nuestra tecnología acaso sembrará dudas mayores y cuestionamientos que enfrentarán seguramente a delirios inéditos que deberán ser atendidos y prevenidos desde la infancia, en los colegios, con la guía de psicólogos que abocados a estos tópicos, sepan dar un referente sobre qué es real y qué especulación, en un mundo donde llegar a la verdad, tiene sus bemoles y no nos hace tan libres, como se supone lo dicen los que saben.

A investigar, sí, a investigare e ilustrarse más, pero sin nunca perder el referente que para eso felizmente contamos con el psicólogo de cabecera, quien sin duda nos aguantará una sesión entera, cuando sintamos la angustia de saberlo todo.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 

 

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