La inspiración

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Ya había escrito el cómo encontré en el trotar diario durante mi adolescencia, el método para poder liberar todo aquello que sentía dentro de mí: un grito casi animal. Me remontaré a los finales de los 80´s cuando aún estaba en el colegio, y por las tardes trabajaba como locutor de una radio FM, desde la que aficionado al rock, conducía un programa que me permitía tener mis propios ingresos a mis 16 años y que generara simpatía dentro del colegio donde estudiaba y entre las jovencitas que me seguían todos los días mientras les atendía al teléfono cuando solicitaban alguna canción o acaso esto era motivo para alguna cita a ciegas. Por ese entonces estaba muy de moda las películas de Rocky y de Karate Kid, iconos que de alguna manera me hicieron entender que la mística que más se aproximaba a lo que yo quería con el desarrollo de mi personalidad era similar. Sin duda dentro de cada uno de nosotros hay un guerrero interior que tarde o temprano despierta para unirse al mundo. Y mi unión con el mundo era así: correr a toda velocidad desde tempranas horas hasta alcanzar las orillas del mar de El Puerto Bravo de Mollendo, donde las playas son inacabables y, la soledad de sus mañanas propicias para sentirse desembarazado o libre de algún fisgón que escuchase el cómo reitero liberaba ese grito animal. Al acabar el colegio, por razones de estudios universitarios, tuve que viajar a la ciudad de Arequipa, donde un año antes mi padre radicaba luego de haber sido Director de uno de los colegios más representativos del puerto. Y ocurrió lo que le comentaba a mis coterráneos cuando nos encontrábamos en la aún no tan grande ciudad blanca de Arequipa, que en ese entonces contaba a lo mucho con 300,000 habitantes considerando que ahora sobrepasa algo del millón de habitantes, que confluyen de diversas ciudades para llegar a una ciudad moderna, variopinta y llena de turistas. Es que nos decíamos los mollendinos con franqueza y melancolía: aquí no hay dónde gritar. Y es que era cierto. La ciudad no tenía espacios abiertos para poder hacer la catarsis y liberar el grito animal propio de los que acostumbrados a hacerlo frente al mar, no teníamos ese espacio propio para en desenvoltura hacerlo con la misma naturalidad como lo hacíamos en Mollendo. Años después, hallé un hito desde donde al subir a toda velocidad unas gradas con una altura de 30 metros aproximadamente, llegaba hasta la cima de un mirador que queda en un distrito de la ciudad llamado Sachaca, desde donde se dominaba la vista de toda la ciudad y acaso, desde allí gritaba a todo pulmón sin importarme el temor que pudiese causar mi estridente voz. Claro que no lo hacía solo, siempre iba acompañado por algún compañero de promoción quien celebraba tal acto de libertad no permitida a los porteños quienes a veces nos sentíamos incompletos sin nuestro mar y sus puestas de sol. Al parecer, el hecho de querer sentir el eco de mi voz para manifestar mi existencia ante un universo estadístico desde el que todos somos comunes y la trascendencia es dejada a aquellos que pueden decir algo distinto a lo que todos dicen, no me hablaba aún del compromiso que asumiría como Escritor en esos entonces. Una tarde de fin de semana, troté y troté y grité a más no poder ya en las playas de Mollendo. Y comprendí que eso ya no era suficiente. Que mi aliento me dejaba resacas de días difíciles desde los que me asfixiaba por decirlo de alguna forma, y no hallaba mecanismos para expresarme, para declararme vivo y por lo tanto existente. Esas catarsis acaso comenzaron desde el colegio cuando sin prestar atención a los profesores cuando dictaban sus clases, me abocaba ya no a dibujar, pese a haber sido un buen dibujante en mi adolescencia, sino a componer canciones que reflejaban lo que sentía, acaso estas canciones tenían un corte contestatario desde las cuales expresaba mi inconformidad con el mundo que conocía al cual resistía para no ser igual. Esos ideales que bien pudieron ser interpretados por mis profesores como una fiebre rebelde pasajera, no cesó nunca, hasta hoy, que es que sigo escribiendo, para no solo entenderme como ser humano, sino para compartir mi mundo con aquellos que aún no se han dado cuenta que no hay etiquetas que puedan decirnos qué es normal o anormal, solo circunstancias desde las cuales sabemos, algunas son extremas y requieren ayuda, y otras de fácil arrostramiento o superables en la medida de poder ser enfrentadas. En mi caso, al cumplir la edad mencionada párrafos arriba, muy al hecho de venir de un hogar y colegios católicos, otras interrogantes llenarían mis inquietudes ante la vida y con éstas enfrentaría al mundo de otra forma, para poder entender qué es el ser humano y cómo es su devenir en el estar en el mundo. Las preguntas elementales que todos nos las hemos hecho alguna vez volvían una y otra vez a mis reflexiones, convirtiéndose en la obsesión de quien ya no hallaba la tranquilidad ni paz al momento de picar el trote final que sería estrellado contra las olas del mar en un zambullirse que sería devuelto al mundo con un soberano grito capaz de espantar a las sirenas. Esos gritos animales sin saberlo estaban invocando a las musas, siendo que una tarde, siempre frente al mar, sintiendo el vivo olor a iodo entre el estertor incansable de unas olas que iban y venían y que reventaban en el mismo muelle artesanal, o en los roquedales, alcanzando alturas impresionantes de cerca a los 30 metros o un poco más, me hablaban de la fuerza de la naturaleza, su bravura o también lo mínimo que somos los seres humanos ante una creación perfecta que desde mi condición de ateo me hacía preguntar: ¿y dónde está Dios entonces? La pregunta era legítima acaso, porque Dios no estaba en el mundo que conocía, y debía tener en ese entonces certezas sobre todo lo que me rodeaba para no darle crédito a aquellos que hablaban sobre el absurdo del ser humano en el universo. Volcado a textos de matemática, física, química o biología, el apetito por querer entender lo que estaba a mi rededor solo debía remontarme a otro lugar común propio de los filósofos: el Arque u origen de todo. ¿Qué propósito tiene el ser humano? ¿Qué razones nos enfrentan ante este tipo de cuestionamientos que nos conducen a la angustia de no saber qué hacemos acá? Por esos entonces los textos de Jean Paul Sartre me brindaron no respuestas más sí una certeza: no era el único en el mundo que se formulaba estas interrogantes. Algo pasaba en el mundo, y sin saberlo, el llamado estuvo siempre allí, no solo para los poetas o auténticos líderes políticos. Se viese desde donde se viese, entendía que la palabra “cambio” era una constante en todo tipo de discurso a lo largo de la historia. Las revoluciones mismas y sus consecuencias dieron pie a nuevos tipos de pensamiento desde el que la evolución del ser humano aperturó siempre hacia nuevas formas de concebir la realidad, o en todo caso, explicar con más detalle el legado dejado por aquellos que se aventuraron en medio de un universo donde lo que más abundan son interrogantes que respuestas. Años después me volcaría con más interés por querer encontrar una salida a la condición humana, su paranoia en relación al otro, como extraño, como enemigo en el peor de los estresamientos, o ese desconocido cuya mente no conocemos, ni su verbo, ni sus reacciones, y suele provocar la ansiedad propia de los que dudan por su territorialidad ante una posible amenaza por quien podría tener conductas invasoras. Este discurso sobre la otredad o el otro, manejado desde términos existenciales explica bien el porqué Sartre llegado el momento exclamara sin poder evitarlo: el infierno son los demás. Si bien, siendo una persona pública este filósofo francés que lideró a los movimientos estudiantiles del Mayo 68 en Francia, en uno de sus libros mejores logrados, esclarece la razón de su derrota filosófica al no poder escribir lo que prometiera como pensador: el tratado de moral. Basándome en la lectura de El buen Dios y el diablo, los alcances recibidos eran claros para poder sustentar la idea que todas las personas tenemos verdades inderrotables, y que si bien, nadie es dueño de la verdad, de lo que sin duda sí somos dueños, es de nuestra propia verdad, y desde ella no toleramos discursos invasores del otro. Encontrado en un mundo donde no se puede contentar a todos, encontré dentro de la Biblioteca de mi padre un texto titulado: La Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire desde donde descubrí a la palabra como herramienta interpretativa del ser humano. El ser humano se humaniza a través de las palabras que va vivenciando para así de esa forma, alcanzar el conocimiento propio de sí y su dominio. Recordaba mientras escribía sobre esto lo que alguna vez dijera un catedrático de literatura cuando le preguntara si acaso el diccionario era una especie de cementerio de vivencias que solo serían revividas en la medida que la experiencia del lector coincidiese con las circunstancias por las cuales siendo similares, hubiese pasado el autor. El hecho mismo que se reescribiesen los libros clásicos cada digamos 20 años, por el solo hecho de que generacionalmente acuñamos términos o palabras que corresponden a esos cambios de los cuales escribí párrafos arriba, exhortaba a mi escritos a no usar desde ellos, vocablos difíciles sino más bien, en un lenguaje coloquial, la perdurabilidad de aquello que desde una simpleza propia de los maestros, nos esclareciera lo que a lo largo de la eternidad se ha de manifestar siempre por muy radicales que fuesen estos cambios dados en la historia. Sentado frente al mar supe entonces que esa palabra convertida en vivencia había ocupado el lugar de los gritos animales que liberaba después de trotes propios de bólidos furiosos que ansían la paz. La claridad al escribir un poema por ejemplo, me remitió a los lugares comunes desde donde la soledad nos es común a todos y hay siempre alguien esperando escuchar aquello que aún no lo tiene claro en lo más profundo de su ser, esperando la llegada del poeta, con el canto que usurpa de los labios lo que sienten los demás, para que exclamen al viento: yo también pasé por lo mismo, acaso mis vivencias “no son anormales.” Entendedor tempranamente que los temores nos son comunes a todos y que lo que el ser humano requiere es sentirse renovado en el aliento de los que con bravura a la vileza del mundo desafían, para ir tras sus sueños, a medida que iba desarrollando mi literatura y discurso, me iba rodeando de escritores que se quedaron en los manuscritos o en el libro que se aplazó para llevar a la imprenta o, en el elogio del que alguna vez dijo: es un buen poema. Y si bien, el título de este ensayo es La inspiración, ésta en mi caso correspondió en un parirme a mí mismo, para saber por qué vivo y cuál es el sentido que deba darle a mi vida. Si debo remontarme a uno de mis primeros poemas serios, el que les dejo escrito en este blog, días después de cumplir los 18 años, es a lo que a mi entender era una crisis existencial enfrentada como siempre lo sigo haciendo hasta ahora, con palabras que intentan horadar el espacio entre tú, mi estimado amigo lector, y yo, desde la soledad propia de la lectura, donde las pocas distancias establecidas nada tienen que ver con la cultura o condición humana, cuando se ha conocido la angustia y se desea salir de ésta, por ser insoportable. Fue en mi caso la literatura la mejor forma que he hallado para estar en el mundo y proclamar mi existencia, dándole el sentido que en el camino percaté, era el que siempre me abrazó, para ser libre.

¿QUÉ HACER AHORA?

(02-11-1989) De: El viejo libro del cuero de mamut

¿Qué hacer ahora?

Si ya no puedes

Calmar el llanto

De esa tu imagen

En el espejo.

¿Qué hacer ahora?

Si tus hermanos

Piden consuelo

Y luego sufres

Por no tenerlo.

¿Qué hacer ahora?

Si sientes todo

El dolor del ciego

Que nunca mira

Que nunca sabe

Cómo es el cielo.

¿Qué hacer ahora?

Si el temor te Acobarda

Y pides fuerte

A un Dios inerte

Que no te entiende.

¿Qué hacer ahora?

Si te despojan

De lo que añoras

Y nunca más lo obtendrás.

¿Qué hacer ahora?

Si el amor muere

Y luego corres loco

Por lo que has perdido

Y ya no vuelve.

¿Qué hacer ahora?

Si sientes llantos

De cientos de años

Que no perdonan

Al mundo entero.

¿Qué hacer ahora?

¿A quién…?

¿Qué hacer…? ¿

Qué hacer ahora?

 

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Escritor.

 

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