La libertad del creador

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Allá por mediados de los años 90, cuando como grupo de intelectuales en formación (los de mi generación), solíamos reunirnos en El Complejo Cultural Chávez de la Rosa, donde por las noches, desde poetas hasta músicos hallaron un punto de encuentro para poder entablar chácharas propias de los que llenos de lecturas, se daban a conocer dentro del ámbito cultural, dentro de un espacio donde habían galerías para recitales, presentación de muestras pictóricas y ya con el tiempo, conciertos de música y demás actividades acordes con la inquietud intelectual de esa generación, en la que pocos logaron publicar sus poemas y fue más el compromiso con la palabra entre noches de bohemia, desde la que los artistas se aventuraban a un mundo donde aún habían prejuicios, al menos para los que crecíamos como personas, sin darnos cuenta que éstos solo cabían en nuestras mentes y acaso el mundo estaba lleno de persona libres, cuyo encanto era observado como ejemplo, al momento de salirse del esquema y mostrar sellos personales donde el desenfado y el ir contra lo establecido fuese bien visto, sobre todo por las personas románticas.

Me motiva a recordar que una mañana, en la que sentado en una de las bancas de este complejo, desde la que fumaba un cigarro, y me dejaba llevar por la melodía de una canción que por ese entonces estaba de moda, vi salir de uno de los pasillos que comunicaban de una calle a otra siempre dentro del mismo local, a un joven de casi mi misma edad, unos 22 años, quien atrapado en un swing bastante propio, llevando unos audífonos puestos, cantaba muy feliz uno de los temas de The Police, para ser más exacto: Roxana.

Ese tipo de arranques libertarios no los había visto muy seguido a no ser que se hicieran en grupo en veladas dentro de la universidad, con el respaldo moral e indicado cuando se puede por ejemplo, cantar una canción para hacer amena o divertida la noche. Pero este joven no cantaba para nadie. En su marcha feliz, libre de ataduras o prejuicios, cantaba simplemente a medida que avanzada por el complejo hasta salir a la calle desde donde se seguía sintiendo su voz que por cierto no era tan melodiosa, pero sí de espíritu alegre contagioso.

Particularmente a mis 22 años, no me habría atrevido a hacer ello, y no porque me pareciese motivo de señalamiento por parte de otras personas que podrían comentar: ¿y qué le pasa a este?

Lo cierto era que ese día aprendí algo mientras seguía fumando mi cigarro sentado en la banca, el arte es algo que se siente y se manifiesta, no algo que se impone; el arte funciona en la medida que pueda contribuir a las personas a hacerles sentir bien, como en  el caso de la música, y por supuesto algunos temas de The Police.

Muchos años después, casi hace poco unas semanas de ahora, al pasar por las céntricas calles de la ciudad en la que radico, sentí el cantar a todo pulmón de una pareja que pude ver oscilaban entre los 20 años más o menos, que acompañados con su propia guitarra, sentados desde la esquina de un bulevar, abiertos en franqueza al mundo de ir y venir de personas que van atrapadas en su propio que hacer, ellos imponían su marcha musical ante los que les veían pasando por su lado cantando temas de Vilma Palma.

Esa pareja de enamorados acaso de otro país, estimo de Argentina, habían hallado en este tipo de actividades la manera al cómo sobrevivir con su propia economía de guerra como suelen llamar, cuando el deseo de seguir viajando se hace duradero y lleno de placer, y en esa aventura no existe al parecer puerto o ciudad donde el espíritu peregrino, anhele descansar.

Tomé una nota mental evocando a lo que ocurriera en mi juventud porque es preciso detenerse en este tipo de hechos para explayarme en lo que llamaría La libertad del creador. Que volviendo a esas noches de tertulia en el mismo complejo cultural, al cual llamábamos La casona, por tener características propias de una casa de estilo colonial, con ambientes espaciosos, patios grandes con jardines donde florecían palmeras centenarias y vistas panorámicas desde donde se dominaba un ocaso propicio para los enamoramientos, que se dejaban acompañar por un café en un local que quedaba también en los altos llamado El Búho, donde dice la leyenda, todo aquel que se hacía llamar poeta o artista, de alguna forma debió pasar el rigor de los intelectuales que trabajaban en la casona y que por las noches, en ese departir de conversas, se daba la oportunidad para conocer a los nuevos artistas con su propio discurso.

Que fue que en una de esas noches, a propósito de lo que había visto por la mañana, cuando un joven irrumpió el hastío y aburrimiento, con su propia manera de entender la vida, cantando Roxana, sin que acaso el mundo fuese invasor sino más bien, un pretexto para ser feliz, fue que les comentara esto a un grupo de compañeros universitarios que veníamos de una universidad donde, las manifestaciones espontáneas eran sometidas al prejuicio de la locura o limitados acaso este tipo de expresiones que como lo dijera en su momento un catedrático que me enseñaba Teoría de la Arquitectura: el artista debe ser valiente para defender sus ideas. Quizá deba evocar mis recuerdos de la universidad y de la escuela donde estudié un buen tiempo, relatando el cómo las personas o jóvenes universitarios, se iban adaptando a un estilo de vida, del cual sin darse cuenta, con el pasar de los meses terminaría por absorberlos hasta darles una peculiar forma de ser, lo cual por cierto era totalmente contrario en la escuela de literatura, donde se iba hasta los excesos permitiéndose experiencias que en mi edad madura pude ver, eran practicadas con más libertad justo en la escuela de los poetas. Como me lo comentaran dos personas. Una de ellas, por comentarios llegados a oídos míos por parte de quien fue una gran amiga que estudiaba ingenierías y por las tardes, trabajaba en la Hemeroteca de la casona, a la cual iba siempre con el fin de charlar y disfrutar de su compañía. Que en el intercambiar de opiniones, me comentó lo que le pasaba  a uno de sus compañeros que siendo bohemio, le confesó a ella que había tenido experiencias homosexuales sin pretender afirmar serlo. Su premisa era que cómo podía saber si en realidad lo era o no sino conocía ese tipo de experiencias a lo cual apostillaba: pues no me gusta, y ya sé qué es y qué se siente. Tremendos actos de libertad acaso solo podían ser entendidos y tolerados en la universidad, donde se dice, los jóvenes experimentan y adquieren experiencia, como en el segundo caso donde un conocido de Filosofía, me hacía partícipe de sus expresiones que en total desparpajo y en grandilocuencia, me relataba de sus hazañas sexuales, desde las que había sido iniciado en las orgías por su novia a quien por cierto le gustaba mucho el sexo, e iba tras experiencias reveladoras siempre a partir de la carne.

Este escuchar testimonios del cómo asumían el sexo los jóvenes universitarios me hacían cuestionar si acaso los prejuicios en torno a la libertad fuesen solo míos y era yo el equivocado al momento de interpretar la vida y plantear mis principios de realidad para a partir de estos orientarme en medio del  mundo.

Como quizá pensaba el grupo de personas que solíamos reunirnos para vencer nuestras ideas y así entender mejor la vida y a las personas, era que de pronto empezamos a comentar sobre un personaje muy peculiar, si acaso es válido afirmar quién es peculiar y quién no, ya que todos tenemos formas muy propias de ser cada uno y acaso entendí, la novatada iba justamente a los que no debían enterarse de las cosas que les comento, para no ser criticados por no iniciados en ciertas prácticas sexuales que podrían ser condenadas o juzgadas. Y era que comentábamos sobre un estudiante de artes quien inquieto por la creación, siempre andaba en busca de ideas nuevas que le permitiese por ejemplo pintar un cuadro que rompiese los cánones establecidos desde la Escuela de Artes,  donde por cierto, el derecho de piso generalizado era hostilizar con la etiqueta de “loco” a los varones, y salvo alguna que otra estudiante que estando a buen recaudo y enterada, era dejada ser por sus demás congéneres, por tener el respaldo de la cátedra como visto bueno y con consejo, para crecer como persona dentro del medio universitario, como se daba en todas las escuelas, siendo también igual en Arquitectura, donde recuerdo, un estudiante que sacaba siempre las notas más altas en el curso base de la carrera que era Taller de la Arquitectura, desde donde se aprendía a diseñar y acaso a través de maquetas se medía la capacidad del estudiante y el cómo asimilaba el discurso de la cátedra, fue que él llegó a ser el primer enterado y por tanto el reclutador de los demás compañeros a un orden establecido del cual no formé parte y al cual condene meses después de enterarme, por estar vinculado con la corrupción que venía desde la cátedra donde los discursos cayeron en la vil mentira y las notas que daban prestigio a los universitarios se convertían en la mentira de los obedientes, los que compraban maquetas a alumnos eternos de la escuela que vivían de ese mercado negro, con el consentimiento de los por ejemplo arquitectos que dictaban el curso mencionado: Taller de la Arquitectura, donde todos se conformaban con esperar su turno, para sacar la mejor nota, con maquetas compradas.

Esa novatada a la cual fui sometido, con el fin de que escarmentase y pudiese sujetarme a las reglas impuestas en la escuela de Arquitectura llegó a su fin cuando una mañana me dijeran: Mauricio, ya sabes cómo es la realidad en la escuela, si te sometes a ella, en un par de años eres arquitecto. Porque acaso la hostilidad era entendida como un: ese tío está loco, no hace lo que todos hacemos que es comprar maquetas, es un ignorante que pretende hacer él mismo lo que diseña cuando en la escuela nadie hace eso.

Este tipo de experiencias acaso puedo contarlas luego de haber sufrido la victimización por parte de quienes creí eran amigos míos y nunca me dijeron lo que realmente ocurría y acaso fui motivo de espectáculo y sorna sin que yo me enterase. Novatado como   loco por ir contra corriente fue que cuando ya enterado de la realidad de la escuela donde estudiaba, estaba demasiado sedado como para saber ya qué era correcto o no, después de mi primer internamiento en un psiquiátrico donde se me hizo el diagnóstico de esquizofrenia paranoide crónica, por el solo hecho de ir contra lo establecido y acaso atentar contra la buena fama de una escuela donde se podía aprobar exámenes pagando al catedrático, quien desentendido con la cátedra, ya no creía en lo que enseñaba como tampoco los universitarios que conocí y que me hicieron creer que fueron amigas y amigos míos.

Quizá volviendo al personaje que es motivo de este ensayo, el pintor del cual parte este escrito, las  novatadas en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, hechas con el fin de realizar escarmientos públicos para que los universitarios se sometan sin dudar, a las conveniencias de quienes administran una universidad que en vez de formar personas probas y de buen vivir, las iniciaba en la peor de las lacras sociales: la corrupción y el respaldo de la vileza a través de estudiantes universitarios inocentes que eran producto de experimentos, para la diversión de los que están en el poder, sin restricción alguna o parámetro que moralmente impida el daño infringido en los novatados.

Y es que se cuestionaba mucho si acaso estaba loco o no este pintor, quien yendo siempre detrás de su obra de arte, prestaba atención al detalle de cada cosa que observaba estuviese donde estuviese, con el fin de tener un motivo para crear o pintar.

Esas críticas que se callaban cuando él se acercaba al grupo acaso me hacían dudar de si en realidad hacía el grupo lo mismo conmigo cuando yo estaba ausente, y si todos eran hipócritas entre sí.

Porque el hecho que de pronto, este estudiante de artes, se detuviera a mitad de calle, para recoger algo que de pronto le sirviese para su nueva obra, acaso no era censurado con intenciones viles, para sugerir que estaba loco y que solo las personas libres estaban tocadas, dándose lujos como ese, es decir, el comportarse como un orate.

Esta lógica para juzgar a las personas que se interponían a intereses mayores y encontrados como la venta de cuadros dentro de la escuela, siempre por parte de estudiantes eternos, que realizaban trabajos como degradaciones de color hasta bodegones, les resultaba antipáticos y poco amistosos por no decir mejor: personas no gratas, personajes como el estudiante de artes mencionado, que siendo un ignorante de su medio, fue catalogado como libre, y por cierto, también loco.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 

Comentar este post