Lo inconfesable

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

A lo largo de años que llevo el tratamiento, hay una etapa en la cual, por lo que he percibido, al paciente se le hace muy difícil poder expresar lo que siente. El pudor o el orgullo de no querer sentirse vulnerables, o aceptar que se requiere de ayuda psicológica, motiva este  silencio que se va acrecentando en las víctimas, hasta que llegado el día terminan por explotar, por razones inentendibles, que tienen mucho que ver con lo inconfesable.

¿Pero, qué es lo inconfesable?

Lo inconfesable viene a ser todo aquello que desde nuestra soledad e ignorancia, creemos, es aborrecible, excecrable u abominable.

Cosa que en realidad no lo es. Pero para el paciente, que teme verse al descubierto, ante el que le brinda ayuda profesional, levanta una especie de muro con el cual se protege, como seguramente lo hace con las demás personas con el fin de que nadie sepa qué pasa por la mente de uno, o en todo caso, qué tipo de conductas tenemos, que guardadas secretamente, no queremos que nadie las sepa.

 

De antemano les escribo que no hay nada que el ser humano no haya hecho, que ante los ojos del especialista, no existe un juzgamiento recriminador, que tache cualquier tipo de conducta o en todo caso, condene o censure a la persona que pide ayuda.

 

En el transcurrir de la vida, cuando la confusión nos gana, y en ese batallar, en el que nos creemos invencibles, entregando de lleno toda nuestra fortaleza para salir adelante,a veces por orgullo, nos negamos la ayuda que bien podría venir del consejo de un amigo o amiga, o en todo caso, si es que es ameritado, por un profesional.

Es que desde nuestra subjetividad, nos culpamos constantemente por actos que creemos, son imperdonables y que llevamos como una carga enorme sobre nuestros hombros, sin compartirlo con nadie.

Recuerdo mucho a una amiga quien acudió en una ocasión a su terapeuta en busca de orientación y ayuda.

Se pasó toda la hora en silencio.

No es que no pudiese hablar. Simplemente sentía como a un total extraño a la terapeuta y se preguntaba: ¿por qué tendría que confiarle todas sus cosas a alguien que no tiene ningún vínculo con ella?

La terapeuta al darse cuenta que el muro que había levantado mi amiga, al ser inexpugnable, por el temor a no ser entendida, le solicitó que para la siguiente sesión, si es que deseaba seguir con las sesiones, le escribiese en una hoja ,todo lo que ella sentía, y así de esa manera, pudiese liberarse de lo que le agobiaba.

Esta amiga, estudiante de Literatura, me confesó a mí lo que le pasaba con su terapeuta. Me confesó que entre otras cosas le tenía miedo a la soledad y al hecho de no ser aceptada por los demás dentro de la universidad.

Ganarse la confianza de aquellas personas que tienen problemas, y que acuden al terapeuta, para ser vistos como seres humanos y no Enfermos Mentales, es uno de los retos de la ciencia moderna. Ya que las víctimas tienen ciertos prejuicios que no se han desmitificado aún, como el tener la creencia que por el solo hecho de ir al terapeuta, uno está mal de la cabeza ,o es un enfermo mental.

Y es que creemos que lo inconfesable se relaciona con conductas, reacciones ante la vida, actitudes negativas, pesimismos o deseos de suicidio, como algo reprochable, totalmente condenable y por lo tanto recriminable. Cosa que no es así.

Se cree que al ir al terapeuta, estamos demostrándonos a nosotros mismos, que hemos perdido en esta carrera que es la vida, que ni podemos con nosotros y que ya hemos tocado fondo. (Ésto también resulta inconfesable). Más allá, está el pudor, la vergüenza, o la sensación de sentirse sucios ante el reconocimiento de la mirada del otro , que en este caso es el terapeuta: un ser extraño que creemos, no nos va a entender, como sí lo haría los padres, familiares de confianza o amigos muy allegados.

Entonces surge el pudor, ante la sensación de sentirse descubierto, en un universo donde nadie sabe de nuestras cosas, y que solo permanecen en nuestros pensamientos.

Miguel de Unamuno escribió: humano soy y nada de lo humano me es extraño.

 

Quizá la lectura de libros que sirvan para orientar a aquellos que necesitan ayuda, o la conversación entre personas entendidas, sirvan para desmitificar este concepto erróneo del que confesar lo que sentimos, no es algo malo, ni hay nada de malo en nuestra forma de ser, por más bizarra o perversa sea la vivencia, que la condición humana se caracteriza justamente por ello: por ser seres imperfectos.

 

El alivio sentido luego de una buena sesión con el terapeuta, después de haber vencido nuestros temores, y haber confesado lo inconfesable, no solo permite el desestresamiento del paciente, sino el invite a que éste se pueda entender y aprender a gobernar.

 

A lo largo de este blog, he escrito sobre la importancia de que aprendamos a entendernos, que creo , es el primer paso que debe tomarse, para estar en paz.

Es que el entenderse no parte necesariamente de uno mismo. A veces requerimos el consejo de alguien más, o en todo caso, el hacer opinable nuestra vivencia con el terapeuta, quien habiendo estudiado por vocación, para ayudar a las personas, permitirá encontrar fórmulas para que la víctima aprenda a conocerse, y por ende,a hacer uso de su fuerza de voluntad en la medida de sus posibilidades, para que ella misma se ayude, o sepa, cuándo necesita de la ayuda de su terapeuta.

 

Es muy extenso el tema que estoy abordando, ya que va desde experiencias que convencidos los pacientes, nunca podrán ser entendidas por el que trata, hasta manías que van desde el detalle hasta bochornosas y humillantes. ¿Pero acaso los santos no pasaron por lo mismo? San Fransisco de Asis por ejemplo, experimentó el libertinaje en su juventud al máximo, y cuando agotó su experiencia, terminó por convertirse en un ser espiritual, abocado a las cosas de Dios y sus Leyes. El mismo poeta Blake nos dice: el camino de los excesos conlleva a la sabiduría.

Acaso la lectura de libros apropiados sirvan para abolir la ignorancia de creer que lo que le pasa a uno, solo a uno le pasa y a nadie más. Los prejuicios deden ser por lo tanto erradicados de aquellas personas que creen, que por el solo hecho de visitar un terapeuta, uno ya ha perdido la razón, o en todo caso, es una persona desahuciada.

 

En los inicios de este siglo XXI, otra es la mentalidad que se intenta manejar en torno a los trastornos de la personalidad, en la que nosotros, los Escritores, batallamos para librar a las personas de la ignorancia, y humanizarnos en la medida que, nada de lo que hagamos, nos condene, sino nos conlleve a nuestra aceptación , es decir, a que no somos superhombres como propusiera Nietzsche, sino más bien Humanos, con la creencia errónea, que lo que es motivo de nuestra inconfesabilidad, no merece perdón ni ayuda, cosa que no es así, en lo absoluto.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.


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