Lo que callan los pacientes psiquiátricos

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Síntomas como la abulia, apatía, desgano, tristeza profunda, dolor, deseos de suicidio o por el contrario, reacciones violentas, agresiones verbales y físicas, como la sensación de daño entre otro de los síntomas dentro de los límites de una esquizofrenia que puede ser manejada, han sido parte hasta ahora de los escritos diarios en este blog.

Acaso el intento de desestigmatizar el diagnóstico y querer demostrar que esta enfermedad puede ser controlada y acaso desde aquí, brindarles a mis estimados amigos lectores que se puede salir de ésta, han sido motivo de mi constante discurrir a través de ensayos, testimonios y artículos donde he dado alcance del cómo se siente un paciente con esquizofrenia y el cómo esto afecta al entorno familiar y social.

¿Cómo fue entonces que de pronto me aventurara en escribir sobre algo tan polémico y que es difícil de entender desde la visión de las personas que se dicen, son normales?

Más allá de mis intentos de demostrar que se puede salir de este diagnóstico desde el que se creía hasta hace pocos años, era una enfermedad irrecuperable y se decía: aquel paciente que tiene esquizofrenia estará enfermo de por vida. Cosa que desde la experiencia que he tenido con los especialistas que me han tratado, ante el asombro de su experiencia, ha roto sus esquemas, y es cómo me han visto publicar algunos libros que fueron publicados en  mi ciudad, libros que yo no financié sino que fueron publicados por amigos quienes ven en mi visión como Escritor un aporte que consideramos en conjunto, daba una nueva verdad a lo que la psiquiatría o la psicología daba como un caso perdido: la esquizofrenia y la frustrante realidad de que el paciente nunca más sería normal, que estaría condenado a padecer la enfermedad sin ninguna posibilidad de recuperación.

En uno de los internamientos que tuve, pude ver a un paciente gritándole desde una ventana al sol, como literalmente encontrara alguna vez en un libro donde a esto se le puede llamar: gritar a la luna, asociando esta imagen como la impotencia del ser humano ante causas perdidas. Este paciente era internado anualmente siempre, y llevaba así en sus recaídas ya 17 años. Me preguntaba si lo mismo me iba a pasar a mí que ya llevaba el quinto internamiento.

Era curioso, pero este paciente por momentos era lúcido y complaciente o zalamero con sus doctores y les agradecía por el tratamiento que estos le brindaban.

Pero ¿acaso su capacidad para sobreponerse era mínima?

En mi caso por ejemplo, las veces en que estaba internado, los medicamentos que me daban me hacían sentir muy bien, pero cuando me daban de alta, nunca entendía el porqué me los cambiaban y me recetaban Haldol Decanoas de 100ml. Insoportable medicamento que me producía una desesperación que me hacía caminar duramente todo el día y me impedía hablar. Lo único que podía decir a lo mucho a las personas que me rodeaban y me acompañaban  era un “buenos días”. Recuerdo a propósito de esto, lo que me dijera un  fiel amigo: al menos puedes dar el saludo.

Estando plenamente consciente de todo lo que me rodeaba, pero sin poder hablar ya que este efecto secundario era producido por el Haldol Decanoas de 100 ml. Que no me ayudaba en nada a mi reinserción social, contribuía más bien al estigma de los esquizofrénicos, a quienes se les ve como incapaces mentales o personas desahuciadas.

Si se suponía, en los internamientos, los medicamentos que me daban me hacían estar bien, ¿por qué me daban una droga que en vez de ayudarme a recuperar mis estudios o ser tan sociable como en su momento lo era y como lo soy ahora? Quizá no todos los especialistas sean buenos o tengan vocación de psiquiatras.

Recuerdo cómo era el maltrato por parte del jefe del departamento de psiquiatría a los pacientes y familiares quienes le  temían y recibían gritos y tratos prepotentes a víctimas que yendo a su control periódico para su tratamiento, este jefe del área de psiquiatría, siempre malhumorado y con  aires de superioridad, gritaba a todo el mundo, abusando de la incapacidad que tenían estos pacientes para poder defenderse, ya que como en  mi caso, no podían ni hablar, a pesar de ser plenamente conscientes como lo era yo, pero sin poder hablar, efecto producido por la droga que me daban, droga que me conllevo a tener conflictos mayores a los que ya tenía, porque tener a un paciente al cual se le da un medicamento  que le va a producir grados insuperables de angustia o ansiedad o desesperación, no es el tratamiento óptimo del cual se espera, permita darle una mejor calidad de vida a las víctimas.

Recuerdo el comentario a propósito de este jefe de psiquiatría dado por un amigo que ejerce la medicina y que tiene además un hostal, me decía que el señor andaba en el extremo de la tolerancia ante todo, que su actitud agresiva y violenta la ejercía en todas partes, que más bien él era el que parecía loco, comparándolo con los pacientes que siendo inofensivos y condicionados a estar siempre tranquilos y de buen humor, no era este doctor digamos, el claro ejemplo del cómo debe una persona desenvolverse en sociedad como especialista en salud mental. Yendo a la anécdota, me comentó que en su hostal una mañana sintió una discusión que escandalizó a todos los hospedados ya que en un estado de crisis o psicótico como suelen llamar estos mismos psiquiatras, este doctor gritaba desaforadamente desde el baño mientras discutía con su esposa, porque no funcionaba la llave del baño de la ducha y los gritos e insultos despertaron a todos mientras se preguntaban quiénes eran esa pareja de esposos que estaban manifestando una crisis de nervios y perturbando el buen vivir de las personas “normales” que saben manejar sus emociones y decimos, están ajustadas ante cualquier eventualidad sin  que acaso se pierda los papeles y agreda violentamente a otras personas. Mi amigo se sonrió y les dijo: son psiquiatras.

El asombro fue mayor y los presentes que habían salido de sus habitaciones dijeron: quién está loco entonces, ellos o nosotros.

Es que es lógico, ante un detalle insignificante como el hecho de que una llave de baño no funcionase, no era motivo para armar tal escándalo. Creo como todos pensaron, que sus niveles de tolerancia ni mínimos, en ellos, no existían.

Este abuso infringido, desde el que solo por poseer la especialidad de psiquiatra acaso impusiera que ellos fueran libres, (como lo encontré en una ocasión en el facebook de una psiquiatra que en una de sus fotos apostillaba: ésta es la ventaja de ser psiquiatra, yo soy libre y puedo decir quién está loco o no) y trasgresores por tanto de las normas morales desde donde nos desenvolvemos todas las personas, y a los pacientes, se nos exige siempre estar de buen humor y ser personas afables y tranquilas todo el tiempo, viene en contradicción con las conductas de la mayoría de psiquiatras que conocí.

Recuerdo mucho aquella ocasión en que me recetaron Piportil de 100 ml, y sentía cómo me chocó el medicamento al día siguiente, provocando que el cuello se me torciera, la vista se me volteara hacia arriba y rengueara todo esto en contra de mi voluntad. Mi primera reacción fue la de ir al hospital donde estaba el doctor que me trataba en ese entonces. El esfuerzo que hice para ir al hospital en ese estado, ya sin importarme que las personas me vieran en la calle en ese estado calamitoso lo consideré mínimo. Yo estaba asustado y me sentía el jorobado de Notredame.

Al llegar al hospital y encontrar al doctor que estaba en el área de internamiento, de manera violenta y agresiva me largó. Así de simple. Usando unos términos soeces como: que se largue mierda que estoy ocupado, luego de verme en el estado en que  me encontraba, comprendí que la ética en los psiquiatras no es evaluada por nadie. Que se habían deshumanizado totalmente.

Regrese a casa de manos de un policía que gentilmente me llevó mientras cruzábamos la ciudad sin que ya pudiera ver nada  yo.

Hace 9 años que tomo un medicamento que me cambió la vida, no porque intencionalmente el mismo doctor me lo diera para que mi salud de hoy, pudiese brindarme la tranquilidad propia de quien ya está bien y no solo ha sido entrevistado innumerables veces en los medios de comunicación de mi ciudad en calidad de Escritor, sino que además fuera publicado 4 veces y me dedique enteramente a escribir. Este medicamento curiosamente que hasta ahora tomo me fue recetado porque el doctor que me trataba al introducirlo en el tratamiento de los pacientes, recibía un plus económico por parte de los laboratorios químicos que introdujeron esta droga legal que generó todo un cambio en los pacientes: no había más apatía ni dislalia o lo que se entiende como incapacidad para poder hablar, las víctimas ya no tenían efectos secundarios o extrapiramidales, sentidos durante años por drogas que ningún beneficio aportaban al tratamiento.

Meses después el mismo doctor quiso cambiarme de medicamento. Ante lo cual acepté, sintiendo en consecuencia dolores fuertes de cabeza y falta de apetito. ¿La razón del porqué  quería cambiarme de medicamento si estaba muy bien como lo estoy ahora? Otro medicamento tenía que ser introducido en el tratamiento sin  considerar mi estado óptimo en el que me encontraba en ese entonces y desde el que me encuentro ahora.

Mis padres entablaron una queja hacia la dirección del hospital y se quejaron públicamente ante la televisión de la ciudad junto con muchos otros padres de familia que vieron por fin a sus hijos recuperados, sin los síntomas propios que producen los medicamentos y no la supuesta esquizofrenia. Se firmó una carta de denuncia ante la dirección en la que  mis padres elevaron su queja acotando que esto sería llevado a instancias mayores si es que no se me volvía a dar el medicamento que me hacía y hace también. Es que el clamor era fuerte, nos habían quitado la droga legal que por fin nos hacía bien, con el fin de recetarnos otros medicamentos que correspondiesen al petitorio farmacológico en donde por cierto entran a tallar las comisiones de los laboratorios médicos tanto al centro de salud como a los doctores.

Felizmente este doctor ya no ejerce la psiquiatría, quien tenía fama de ser malhumorado e intolerante. Me hace recordar la vez en que le dijera que cuando estudiaba en la escuela de literatura como alumno libre, con el permiso del decano y del director de la escuela, le decía que todos los compañeros de clases me consultaban sobre las materias en cuestión, que organizaba recitales exitosos o que me habían publicado ya mi primer libro luego de un reportaje que me hiciera un canal de televisión local, (este periplo por los medios de comunicación se convirtieron en una actividad constante ante la cual la prensa nunca se me ha negado por mis frontales declaraciones en contra de las drogas, la delincuencia y la corrupción), diciéndole a que todos opinaban dentro de la escuela que yo era notablemente inteligente, ante lo que este doctor me dijera: tú estás loco, los locos no son inteligentes.

Decidí nunca más contarle de mis experiencias universitarias. Para qué quiero un psiquiatra que me va a repetir que estoy loco cada vez que le voy a comentar sobre mis logros sociales. Logros sociales que no eran creídos por los doctores que ahora me tratan y ponían como ideas delirantes o de grandeza ante algo innegable: ya era un Escritor conocido en la ciudad.

La libertad de la cual gozo parte justamente de llevar una vida ordenada, con hábitos sanos y que intentan ser ejemplares. Tomo todas las noches los medicamentos que en su momento me quisieron quitar, y entablo una relación de tú a tú con mi psiquiatra que dicho sea de paso a prologado mi última novela: La brevedad en el tiempo, y acaso, cuando visito a m psicóloga, el trato no es de paciente y especialista sino de persona a persona.

Quizá fue eso lo que más extrañara a la asociación que integra a los parientes de los pacientes con esquizofrenia: el hecho de que no parezca que yo tenga esquizofrenia y el cómo en mí sí funciona el tratamiento tanto así que he sido invitado a las Ferias Internacionales del Libro organizadas en mi ciudad presentando mis libros, libros por supuesto financiados por sellos editoriales como Aletheya, quienes invirtieron un fuerte capital para el tiraje de 500 ejemplares de mi último libro, cosa que es poco común considerando que en mi medio, los escritores publican con su dinero, cosa que llega hasta la capital sino es acaso igual en España u otra parte del mundo.

Pero estas son experiencias propias de quien nunca se rindió ante el estigma de la enfermedad y que hizo público su diagnóstico y lo testimoniara en mi novela Los derroteros de la soledad, desde la cual en base a mi propio esfuerzo comprendí que no era el único paciente que pasaba por los mismos problemas por parte de psiquiatras que no ejercen la profesión humanamente y acaso, desde mi entender, los derechos del paciente no tenían voz para ser defendidos.

¿Cómo puede defenderse un paciente que pide ayuda y le dan drogas que le inutilizan el habla, y que le producen apatía, desgano y depresiones horrendas desde las que en vez de ayudarles con el tratamiento, les crea conflictos mayores que les impide disfrutar de la vida, como yo, que a mis 40 años recién puedo decir que soy libre, y por fin estoy en paz?

El titulo de este artículo acaso tiene mucha relación con la forma que encontré para poder hallar mi propia terapia de autoayuda: el escribir, y a través de mi literatura, aportar visiones sobre el cómo el tratamiento dado a las víctimas debe ser humano, considerando que el dolor sentido se hace mayor sobretodo, cuando se ve al paciente como a una cosa y no una persona.

A ponerse las barbas en remojo entonces estimados amigos lectores, que si bien la enfermedad existe, es de derecho que el paciente sea bien tratado y se busquen métodos más eficaces para su reinserción social, reinserción que es asumida desde un tratamiento óptimo desde el cual, las personas como yo, podamos por fin hacer nuestra vida, sin efectos secundarios o extrapiramidales que vistos por una persona que no entiende sobre esto, inmediatamente estigmatiza a la víctima con locura, cuando no es porcentualmente cierto.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 


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