Los talleres de reinserción social

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Son casi las 12 del mediodía de un sábado cualquiera. Poco a poco, los pacientes van llegando y sentándose alrededor de una mesa mientras comienzan a llegar los practicantes de psicología. Yo estoy platicando con una paciente que padece de trastorno bipolar. Nos reímos a más no poder. Vladimir, con su mandil blanco y su corte casi rapado nos saluda mientras presento a la paciente a los demás integrantes del grupo de terapia de reinserción social. Él es Vladimir, le digo ahora a ella, bueno, él cree que es psicólogo, nosotros le seguimos la corriente. Nos hemos reído. Vladimir me ha mirado y se ha reído también. Es que en realidad sí es psicólogo, pero en verdad esta terapia de la risa propuesta por Fabiola, la psicóloga que dirige el taller, nos da tanta libertad, que todos nos sentimos cómodos. 

Podemos encontrar pacientes que padecen de depresión, de trastornos bipolar y esquizofrenia. Lo curioso es que ninguno de los presentes parece adolecer de ninguna de las enfermedades antes mencionadas. Se nos llama: los pacientes funcionales, es decir, los que llevando nuestro tratamiento, estamos aptos para afrontar la vida sin ningún tipo de temor. Nuestros problemas que son reales, en ese momento desaparecen. Es como si nos dieramos un respiro, y en plena confianza, nos relajásemos y diésemos una tregua. Hay fines de semana en los cuales hacemos Tai-Chi y otros en los que nos abocamos a hacer bisutería. Generalmente los pacientes piden hacer terapia grupal, es decir, comentar sobre sus inquietudes o problemas, porque saben que se van a sentir entendidos, y el desahogo propio de la catarsis, los hace sentir mejor.

Lo maravilloso de todo esto es que los pacientes son oídos, y entre todos nos damos respuestas y soluciones. Sin duda que el grupo de terapia funciona, cabe decir, gracias a la paciencia de Fabiola, quien más de una vez me ha dicho que deje fregarle la paciencia, ¿por qué? Porque el relajo es tal, que por momentos sentimos que estamos otra vez en el colegio, a tal punto, que la vida se hace placentera. Pero debemos ubicar más a nuestro amigo lector en torno a las edades de los pacientes: van desde los 35 hasta los 45 años de edad. ¡Tanto tiempo que tardamos en reencontrarnos con la vida!

Lalo por ejemplo, pasó durante dos años sin salir de casa. Conocí a su madre en una de las reuniones que se dan en el auditorio del Hospital. Una mañana se me acercó y me dio su teléfono y me pidió por favor que llamase a su hijo, que conversase con él.

Una tarde en grupo fuimos a visitarlo, y su alegría fue tan grande, el hecho de sentirse rodeado de personas que pasan lo mismo que él, que se quebró su soledad. Esa larga conversación que tuvimos nos habló de un  hombre que tenía 50 años pero que no los parecía, que era padre de un adolescente, y que vivía con sus padres también. Los días siguientes fueron días diferentes para Lalo, quien por fin se atrevió a salir a la calle sin necesidad de usar su vehículo. Nos comentaba en las reuniones del taller que, tomaba un bus, y luego otro, y se daba el lujo de no pagar el pasaje con el pretexto de decir que se había equivocado de línea, con una sonrisa amplia en su rostro, pequeñas licencias que nos podemos dar en Perú, con el trasnporte público; pero esto era festejado por él, quien caminó como en dos años no había caminado jamás, atrapado por el miedo o la fobia a ser escarneado en plena calle, temores propios de la soledad, de la carencia de amigos,de tener un propio mundo que no le hacía feliz.

Reunidos en el taller nuestros proyectos se hacen realidad. Junto con los integrantes o pacientes, elaboramos también una revista en la que testimoniábamos nuestros casos, o escribíamos artículos en relación a la enfermedad. Carla, la psiquiatra, nos mira a veces de lejos, y duda acaso si en verdad estemos enfermos, pero reacciona lúcidamente y siente satisfacción: los medicamentos funcionan, los desórdenes emocionales pueden ser controlados.

Suelen llegar también practicantes de psicología de Argentina, (si he de ubicarme geográficamente, estoy en Perú, para ser exacto, en la ciudad de Arequipa), y tenemos la suerte de contar a exigencia de Fabiola, con los mejores practicantes de la universidad. Sabemos que son seres humanos tal cual como nosotros, porque ellas mismas nos lo comentan, como el hecho que una de ellas nos confesara que se le hacía difícil estar de buen humor todos los días, a exigencia de estar estudiando una carrera que rigurosamente pide que uno se optimista. En otra ocasión, otra practicante me confesó que lloraba y se ponía triste sin razón aparente, que no podía manejar sus emociones, que no es fácil madurar. Vladimiro por ejemplo, es de mi edad, tiene  40 años y también escribe. Porfía en ser un buen psicólogo, y tiene una capacidad asombrosa para escuchar detenidamente a los pacientes como también para gastar bromas con nosotros. La variedad de casos o historias son ricas en vivencias, sean positivivas o negativas. Pero son nuestras reuniones, motivo para saber que existen personas que padecen lo mismo que uno, que no estamos tan solos con nuestra enfermedad. A Lalo por ejemplo, luego de haber sido rescatado de su enclaustramiento, no le costó nada estudiar de nuevo, como el tampoco dejar estacionado su vehículo en cualquier lugar sin importarle las quejas de los vecinos por dejarles un auto en la puerta de salida de su cochera. En fin, genio y figura, no se pierden jamás, tanto así que a los pocos meses, consiguió pareja,y volvió a tener una vida sexual activa satisfactoria. En la revista que publicamos, dejó escrito bien en claro, luego de mostrar su artículo con el rostro emocionado y las lágrimas a flor de piel, que era muy feliz, porque se sentía rodeado de amigos sinceros, personas que le habían enseñado que la vida da siempre segunda o terceras oprtunidades, que el taller le ayudaba mucho, que había un cambio notable en su vida. En suma, que ya no se sentía solo.

Esas andanzas por ejemplo, para ir a la imprenta para ver cómo estaba la revista que nosotros mismo publicamos, ayudados con los materiales, por las practicantes de psicología, quienes amablemente se encargaron de venderlas a un precio modesto en la universidad donde estudiaban, hicieron de ese proyecto una aventura. Por ejemplo, el desplazarnos por las calles de la ciudad en grupo numeroso de algo de 8 personas, 8 pacientes que antes tuvieron miedo a la soledad, y que ahora andábamos con una meta en común: tener nuestra propia revista.

Es que son extraordinarias ciertas habilidades de algunos pacientes, que demuestran que es posible salir de esta enfermedad y aportar algo útil  a la sociedad. Talentosos dibujantes, o maqueteros, o esforzados estudiantes que llevando su tratamiento, seguían con sus estudios universitarios, en términos más precisos, seres humanos valiosísimos, que antes del taller, tenían una baja autoestima, y solo necesitaban recordarles que: ellos valen, ellos tienen derecho a ser felices, a no ser marginados ni discriminados, sino más bien, a tratárseles como a todos, sin ningún tipo de temor a herir suceptibilidades, porque a la vida ya le habíamos perdido el temor, siempre afrontándola con entereza, y en unión grupal, desde donde nosotros mismos nos hacemos la terapia, bajo la guía de Fabiola, la psicóloga.

He hecho una pequeña reseña de lo que hacemos todos los sábados al mediodía en el grupo de terapia o Taller de Reinserción Social, realizado siempre en el Hospital. No me queda duda que ese espacio es nuestro, más sí una incertidumbre: ¿somos diferentes a los demás? No lo creo.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 


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