Mi primera certeza

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Nunca fui bueno con los deportes en el colegio. Es más, cuando nos tocaba hacer el recorrido mensual de 20 minutos de trote, nunca lo terminaba. Con el corazón en la boca y el dolor en el estómago, sintiendo la sequedad en la garganta y la impotencia de mis músculos, dejaba el recorrido en pleno trote, y regresaba a pie. Ya en el último año la exigencia era mayor: había que subir una pendiente extremadamente pronunciada y bajarla a toda velocidad. Sin embargo ello no significara que no me gustara el deporte. Solía jugar fútbol todas las tardes en mi barrio, y los viernes en la canchita de fútbol del Hospital, que quedaba a una cuadra de mi casa, donde los muchachos de la zona se reunían para jugar.

Pero curiosamente, no era bueno en resistencia. Lo digo curiosamente porque años después haría un peregrinaje protestando ante una inminente guerra que se daría entre USA e Irak. Pero eso es materia de otra historia que en su momento les comentaré.

Hasta que un día descubrí lo que sentía al trotar por la carretera, sintiendo la brisa del mar. 

Seré preciso para ubicar geográficamente a mi amigo lector: vivía en ese entonces en un balnerario, que tiene 40 kilómetros de playas constantes, en las que no solo se veraneaba , sino que además de pescar, algunos jugaban fútbol o hacían acrobacias desde la soledad de este largo trecho de orillas, o simplemente caminar.

Empecé a realizar trostes de poco recorrido. Digamos, unos 4 a 5 kilómetros. Después 8 o 9. Salía de mi casa, y cruzaba el centro de la ciudad hasta salir de ésta y llegar por otra vía, a la playa. Justo cuando la divisaba, daba el pique final, hasta meterme en el mar, luego de un fuerte grito de victoria, sea claro, personal.

Con el tiempo motive a mis amigos a que trotásemos juntos y hacer del ejercicio una exigencia mayor. Trotar en grupo hace que los tiempos de recorrido sean menos, y la resistencia mayor: las metas a concretar acaso se sentían más respaldadas por la moral de varios integrantes.

Ya para finalizar el colegio, tuve la oportunidad de ir con un compañero de clases a la Cruz de Fierro, la más elevada del balneario, que marcaba el hito de altura de la zona: 1 kilómetro. Al avistar la Cruz que estaba a mi alcance luego de una pendiente bien pronunciada, lo primero que hice fue treparme a ella y ver el horizonte que se confundía entre nubes y olor a mar.

Había descubierto el placer del deporte. Desde entonces, trotar se convirtió en mi afición favorita, como lo hiciera muchos años después cuando en la ciudad donde radico, participara en marathones o trotara 2 horas diarias por las madrugadas, persiguiendo perros fastidiosos, o contemplando amaneceres espléndidos desde donde pude ver el cielo en todas sus tonalidades, según la estación del año.

El aire puro y la frescura de las duchas al retorno, luego de haber liberado mi tensión o estrés en el trote era inigualable, incomparable con cualquier otro remedio.

Al trotar, me exigía subir pendientes cada vez más pronunciadas que mentalizadas eran vistas como obstáculos que debía vencer. Esa era mi motivación. Inclusive cuando fui internado en un psiquiátrico, no dejaba de trotar a pesar de ser reducido el recinto. Acostumbrado al derroche de energía, y la sensación de libertad que se siente cuando uno trota, no renunciaba a correr y correr, por signficar para mí, un placer que me relajaba y me hacía sentir bien.

Debo remontarme a las épocas de mi niñez, cuando recién a los 5 años de edad salí de casa de la mano de mi hermana menor, solo, sin la compañía paterna ni materna.

Ansiaba salir solo de casa. Así que mis padres lo consintieron y me mandaron a comprar azúcar. Tomado de la mano de mi hermana menor, nos aventuramos entre calles que no eran aún nuestras ante la mirada de quienes nunca nos habían visto solos en la calle. Al llegar a la tienda, la señora que atendía se quedó sorprendida por vernos solos llegar a su local comercial. No dijo nada. Me entregó la bolsa de azúcar. Y en retorno a casa, una certeza me llenó completamente: sí podía.

¡Lo logré, lo logré! Fueron mis palabras dichas cuando llegué a casa, saltando de alegría. 

Podría parecer una experiencia común y corriente para los demás, pero para mí significó mucho: ese mundo que observaba desde mi ventana y que ahelaba recorrer, ya podía ser mío: podía recorrerlo.

Volviendo a mi adolescencia.También solía salir por las noches en mi patineta, cuando no habían vehículos por la alameda larga y en caída que conducían al malecón que miraba al mar. A media noche, salía de casa, y disfrutaba de la velocidad de sentirme en caída sobre el patín. El balneario acaso se caracteriza por tener en la zona que da al mar, una geografía accidentada, de tal manera que hay cuestas que hacen subir y bajar de manera exigente. Esas cuestas hacia abajo eran mis favoritas: enfrentaba la posibilidad de caerme del patín y lesionarme. Pero era más atractiva la sensación del vértigo al miedo de causarme algún accidente.

Ya para cuando terminara el colegio, estaba acostumbrado a realizar largos recorridos o trotes, solo y con amigos del colegio, realizando competencias de resistencia. 

Una tarde de verano, cuando éste ya acababa, a mis 17 años, junto con unos compañeros de la misma edad con quienes solía juntarme en ese entonces, decidimos irnos en el vehículo de uno de los amigos de quien guardo gratos recuerdos a Mejía, una playa hermosa considerada como La Perla del Pacífico. Queríamos ver el ocaso desde esa playa.

La costumbre de disfrutar con los arreboles o nubes de distintos colores que pintaban el horizonte cuando el sol se ponía y el crepúsculo nos invitaba a filosofar sobre la vida y su brevedad, hacía de los maravillosos paisajes de Mollendo, el balneario, un lugar ideal para recogerse en el pensamiento o las reflexiones de quienes cuentan con una larga playa desde la cual, la soledad es acompañada por una mar que no cesa de moverse, y acaso invitar a olvidar las penas.

Fue así que nos dirigimos entonces a Mejía en el vehículo de este amigo, con el fin reitero, de ver el ocaso. A media hora de camino por la carretera en auto, observábamos las largas y solitarias playas entre caballos salvajes, toros, perros chacareros y por tanto: muy bravos, y una continuidad de chacras que matizaban el verde de sus cultivos con el azul del mar.

Al llegar y salir del auto, eran ya las 5 de la tarde y el sol estaba en una posición perfecta para su apreciación. Un amarillo que se desdibujaba en línea recta que hendía o terminaba en las orillas retrataba su puesta a la distancia. De esas tardes , lo que más rescato es la bravura y briosidad de los que siendo osados, creen en sí mismos, sin contar con los imprevistos ni medir el peligro.

Un neumático se había pinchado y sin llanta de repuesto, estábamos varados en Mejía sin saber cómo regresar ya que no podíamos dejar el auto abandonado.

El que manejaba fue a buscar un teléfono público para pedir a su padre que le trajese una llanta de repuesto. Yo mientras tanto estaba conversando con los demás compañeros. Hasta que vi el horizonte, y algo mágico sentí: el deseo de correr en libertad retándome a regresar desde esas espesas orillas sembradas de arena seca y empatanosa para los que trotan.

Y no lo dudé más. Les dije a mis amigos: me voy corriendo a Mollendo.

La tradición era hacer el recorrido a pie sea de ida o vuelta. Ir a pie a Mejía siempre estuvo dentro de los planes de todo porteño.

En mi caso, al momento de proponerme regresar trotando desde Mejía, no conté con la posibilidad de que me cansara o la noche me atrapara en su penumbra sin que hubiese llegado a Mollendo.

Solo seguí mi impulso de correr y correr, como lo hice, entre caballos silvestres que daban brincos y corrían en libertad, toros salvajes o perros numerosos que no dejaban de fastidiar.

Pude acompañar al sol en su puesta y a la vez de trotar, sentir un vínculo entre el astro y yo. Lo seguí hasta que se perdió entre las colores de un cielo que se oscurecía sin que terminase de hacer mi retorno.

Ya en la noche, comprendí mientras seguía trotando, que hay algo mágico en la naturaleza que nos reorienta siempre hacia las preguntas elementales, como las que formulara por vez primera, siempre frente al mar, desde donde empecé a escribir a consciencia, es decir, de manera deliberada, con la obstinación de algún día ser Escritor.

Al llegar a Mollendo y cruzar la ciudad, agotado por el largo recorrido, entré a la ducha sin esta vez decir: ¡lo logré! Me dirigí hacía mi habitación, puse algo de música, y supe que podía con cualquier cosa a partir de ese momento, así fuese desde la condición más difícil, es decir, solo , contra el  mundo.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Comentar este post