¿Por qué el internamiento?

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Los conflictos generados por el no aceptar el diagnóstico, hace que las víctimas no tomen sus medicamentos, y pierdan la capacidad para poder autoverse, y darse cuenta de que necesitan ayuda profesional. Al menos así fue en mi caso. Estoy escribiendo de algo que ocurrió por vez primera en 1999. ¿Ya ha pasado mucho tiempo, no amigo lector?

Deberé ser más claro para precisar cómo atravezaba en ese entonces mi esquizofrenia. Tenía actitudes violentas, agresivas hacia mis familiares de mi entorno, incomprensibles, muy propias de mi subjetividad. Mis depresiones hacían que mi vida fuese amarga, y acaso, el derroche de energía realizado, impedían que puediese conciliar el sueño por las noches, a pesar que hacía esfuerzos denodados para estar cansado, tanto física como mentalmente. Lo peor venía por las noches, cuando no dejaba de pensar en una u otra cosa. Mejor dicho: filosofaba. Acaso tenga algo de malo esto. Sin embargo, mis pensamientos no podían se controlados como ahora sí puedo. No tenía libre albedrío y una cosa me llevaba a otra, provocando un desorden del pensamiento, que no me brindaba paz.

Esas acídas discusiones con mis padres, a quienes lea echaba la culpa de lo que a mí me pasaba, eran crueles y reiterativas. Alguien a mi entender en ese entonces, debía tener la culpa. No lo sabía, pero tiempo después, me enteré que lo mismo ocurría con otros enfermos o víctimas: las relaciones familiares se habían convertido en un infierno.

Y claro, yo sentía miedo, además de la amargura.

Encerrado en mi habitación, no conocía de la libertad que ahora conozco. Me aferraba a recordar lo negativo de mi vida,y siempre me preguntaba: porqué yo. Me escapé de casa en varias ocasiones, intentando irme a otra ciudad, sin éxito alguno. Desde mi soledad en el mundo, pude ver a jóvenes en las mismas circunstancias. Algunos dormían en plena calle, otros desaseados y condenados a la orfandad, tenían las mismas  características de los vagos o locos, es decir, su abandono era tal, que solo aquel que ha estado fuera de su casa, podría entenderlos.

Pasaba a veces las noches en el Terminal Terrestre, soportando el frío, o conversando con extraños quienes por cierto, llevaban una vida mundana y perdida.

Dentro de mi biografía como escritor, y esto está declarado en los medios de comunicación, hay acontecimientos que coincidieron con mis deseos de ser libre, acontecimientos que acompañados a mi enfermedad, dio una certeza a los muchachos de la Escuela de Literatura de la década del 2,000: estar loco no siginifica no ser idealista. No lo supe hasta el día en que se me acercaron y me dijeron una tarde: vamos a sacar un sello editorial, y hemos decidido que seas tú el primero en ser publicado. Y así fue, en el 2004, vi por vez primera mis escritos que llevaba de un lado para el otro, convertidos en un libro. ¡Cómo tarda la felicidad! Me dije a mí mismo.

Y bueno, fui internado 5 veces, periódicamente una vez al año. y fue entonces que pude comprender que, todos esos sentimientos dolorosos o sufrimientos o padeceres, o daños recibidos, no fueron solo una experiencia aislada que yo viví. Al igual que yo, habían muchos jóvenes que solían en solitario ir a la sala de ping pong que había en el internado, para escuchar música de la nueva ola de los 60, y llorar ante mi asombro. 

En realidad, creía que el único que sufría desmedidamente era yo, y constaté que no era así.

Las respuestas eran casi siempre las mismas: el temor a la vida.

Para mí en algún momento la vida se había convertido en un infierno. (Cosa que ahora ha cambiado enormemente en mi entorno y con  mi persona). Esos detonantes de la enfermedad que se relacionaban con el defraudamiento o la pérdida de la fe en la humanidad, era el primer objetivo de los psiquiatras y psicólogos: hacer que recuperásemos la alegría, y el deseo de ser felices,o que volviésemos a confiar en las personas, sin temor alguno a volver a ser defraudados.

Por las mañanas, cada paciente del internado, recibía la visita de un practicante de psicología, quien atentamente escuchaba a la víctima, tratando de que uno mismo se diese cuenta de las razones del porqué algunos miedos o temores, tenían su razón  de ser en acontecimientos que debían ser afrontados, enfrentados y superados.

Luego nos invitaban al salón mayor del internado, donde nos ponían música y bailábamos contagiados por la alegría de las practicantes de psicología, quienes llenas de entusiasmo y alegría, comprendían que estaban con personas que habían tocado fondo, que habían sufrido mucho,y que necesitaban un poco de afecto. Y todos bailábamos, o hacíamos competencias de canto, en donde todos cantábamos una canción por turno, y era celebrado el que supiese más canciones.

Es curioso, pero todos los conceptos que tenía de los internados fueron desechados totalmente.

Lo supe el día en que riéndonos a más no poder en grupo, por celebrar una de las bromas que nos hacíamos, reaccioné y me dije: "esto no parece un manicomio". O mejor dicho, un psiquiátrico. 

Al llegar la noche, y ser atendidos por las enfermeras, dándonos nuestros medicamentos para dormir, se apagaban las luces y en la penumbra conversábamos entre los pacientes que compartíamos la habitación, y encontraba historias fascinantes de seres humanos que en su momento fueron personas muy valerosas, desde su sencilles, o en todo caso, cualidades que fueron dejadas de lado por no haber tenido digamos la suerte que llevo yo: la de poder abocarme a la literatura.

Recuerdo mucho esas conversaciones donde se confesaban los pacientes, y coincidíamos en algunos de los síntomas, como el que por ejemplo, uno de los pacientes, convencido decía que Francia había campenonado en el mundial de fútbol, porque él dirigió a esa selección desde su casa, dando órdenes a su televisor, que servía como  nexo entre él y el equipo.

Es que este tipo de disparates nos causaban gracia y ya no vergüenza o depresión. Sabíamos que habíamos estado muy confundidos, que en algún tramo del camino, perdimos la brújula, que todo se nos complicó de manera casi irreparable, que estuvimos en el otro lado, como en un universo paralelo, y dábamos fe de ello en  nuestros testimonios, desde la lucidez del que reconoce que estuvimos equivocados, mejor dicho: enfermos.

De mi primer internamiento, traigo el recuerdo de haber hecho amigos con problemas reales, con sufrimientos parecidos al mío, o la certeza que se puede salir de esto, que en los inicios del siglo XXI, hay posibilidades óptimas para controlar la esquizofrenia, que uno puede reecontrarse consigo mismo, y ambicionar ser feliz como las demás personas.

Fueron 100 días en los que reí y la pasé muy bien, desde donde cambió totalmente mi visión de los internamientos psiquiátricos, a los que rechacé en su momento, por considerarlos humillantes y solo comparables con el infierno.

Supe que no era así.

Supe que era un lugar especial ,desde donde renovamos fuerza para empezar de nuevo, y con más ganas, para seguir viviendo.

Gracias por estar aquí.


 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 


 

 

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