Un fin de mes en mi vida

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Son las 9:58 a.m.

Estoy despierto desde las 6:30 a.m. hora habitual en que me levanto de mi cama, la cual tiendo para quitarme luego el pijama y dirigirme a la ducha.

Es sábado y fin de mes. Cada 15 días hago las compras del mercado para la alimentación cuyos gastos administro, y que corresponden a lo que mi padre y yo comeremos durante la quincena.

Tenemos la costumbre de nosotros (mi padre y yo) cocinarnos, porque solo así comemos a nuestro gusto, cansados ya de ir a pensiones o restaurantes donde la comida que nos sirven no sabe al gusto casero al cual nos hemos acostumbrado desde que nos cocinamos.

Duchado, planché mi ropa para dirigirme al mercado que queda a media hora de mi casa. Es un mercado donde los precios son muy económicos y se puede como decimos en Perú: regatearle a la casera el precio de las verduras, carnes y otros comestibles de pan llevar.

Salí de mi casa caminando un trecho  hasta llegar al paradero por donde pasa el bus que me deja en el mercado mayorista. He esperado solo unos minutos ya que hay bastantes líneas que llevan a esa zona.

En el recorrido puedo ver buena parte del distrito en el que vivo, Cerro Colorado, (llamado así por tener la tierra roja y ser además la cuna de las Canteras de donde se saca el sillar, piedra volcánica propia de la ciudad, de donde deriva el nombre de ésta: Arequipa, “ciudad blanca”; esta piedra o sillar es de dos colores: blanca y rosada, es usada para la construcción de casas y está en las mejores casonas representativas de la ciudad).

Puedo ver cómo va cambiando la modernidad dentro de la urbe. El tráfico a esa hora de la mañana no se congestiona. Pago solo 0.70 céntimos de sol. Para que tenga una referencia de mi moneda con la del dólar americano, éste está a 2.65 soles.

Se pueden ver esos enormes picachos que como volcanes, son la esencia de la ciudad: El Chachani, El Misti (y un picacho pequeño que está a su lado cuya leyenda dice: es el hijo del volcán más bello de la ciudad, y por supuesto, si uno voltea hacia atrás, por donde sale el sol, desde el bus, se puede ver el Pichu Pichu, desde donde se dice, en su perfil, está el Inca dormido. Curiosa forma que solo puede ser verificada si uno la ve detenidamente).

Me levanto de mi asiento porque acaba de subir un señor con dos niños, uno en sus brazos y otro al cual lo lleva de la mano. Si bien, el bus no está lleno, la costumbre es que las personas nos levantemos para ceder el asiento a personas de edad mayor, mujeres embarazadas o minusválidos o como en este caso, el señor con sus dos pequeños niños.

Estoy aún medio dormido pese a haberme duchado con el fin de estar bien despierto.

Estoy pensando en el vaso de kiwicha que mi madre ha dejado sobre la mesa del comedor para que lo tome como desayuno. Me reanimará sin duda para cuando regrese.

La ruta es la misma que conduce al aeropuerto.

Al llegar el mercado podría provocarme un estrés propio del que genera las multitudes. Por todas partes veo gente ir y venir con bolsas llenas de mercado. El bullicio sin embargo no es notable, pero se oyen preguntas como, ¿y a cómo está la papa? Por ejemplo.

Lo primero que hago es dirigirme donde el casero que me vende carne, carne de primera. Me saluda diciéndome: usted ha madrugado hoy.

Nos reímos.

Tenía hace meses la costumbre de hacer las comprar a golpe de las 6 de la mañana. Luego me percaté que no era necesario madrugar tanto para hacer las compras. Siempre le queda carne de primera y corte fino al casero.

Espero un momento mientras atiende a un par de señores que se llevan unos cuantos kilos de carne, chuletas si he de ser preciso. El precio de la carne de corte fino lo vende a 8 soles, ¿cuánto esto es en dólares? Pues como algo de 2 y medio. ¿No está mal, no?

Bueno, ahora sí caserito, acá está su asado. Y me muestra tres kilos de pura pulpa del cual le resto 300 gramos de hueso, “para que salga a cuenta pues”. Veo el color de la carne: está rosada y su tejido es blanco. Es carne fresca, (viejos secretos para comprar carne que mi madre me enseñó desde joven).

Ya pese usted le digo. 24 soles es el precio de los 3 kilos de corte fino, como para hacer bistec. Me despido saludándolo hasta la próxima quincena.

Combino la carne de res con la carne de pollo en la dieta que llevo con mi padre cuando nos cocinamos. Más bien el pollo no lo compro de este mercado. Su piel es demasiado amarilla y el sabor que tiene cuando por ejemplo, bajo la guía de mi madre, con mi padre nos hacemos arroz con pollo o estofado, el sabor no es de mi agrado. El precio es casi el mismo del que se vende en el supermercado que queda cerca de mi casa, en el cual compro el aceite, arroz y repito, el pollo, por ser muy económicos: el kilo de arroz embolsado de exportación lo compro allí a 2.20 soles. Es rendidor y de buen sabor si se le sazona con unos cuantos dientes de ajo y un dedo de aceite vegetal.

Al ir avanzando entre las personas entre pasadizos desde los que es difícil caminar, voy preguntando el precio por ejemplo de las arverjas: a 2.50 papito me responde la casera. Ha bajado de precio me digo a mí mismo. Lo corroboraré con mi casera más luego. Mientras tanto, veo el precio de las papas: sigue igual, desde 5 kilos por 2.50 soles hasta la que yo compro, a 1 sol.

Esa forma de saber de los precios me da una referencia de cuánto debo pagarle a mi casera.

Al salir a comprar, tengo una idea precisa de qué es lo que hace falta en el frigider, por el mismo hecho de que junto con mi padre nos cocinemos para el almuerzo y la cena.

Suculentos estofados o atomadas, con sopa de verduras y huevos y mollejas de pollo, o hiros de zapallo con habas y queso, o acaso tallarines sazonados con orégano con pollo forman parte de los variados platos que preparo con mi padre y que a veces compartimos con mi madre, quien es vegetariana, pero que de vez en cuando rompe su dieta, y se anima a comer por ejemplo: un pollito al sillau que nos sale muy bueno.

Compro mis cartones de cigarros para la quincena. Hombre que la vez pasada me vendiste a 24 soles los dos cartones. (Es mentira, me cobró 26 soles, pero como sé que los precios suben y bajan y me reconoce porque siempre le compro mis cigarros, pero no recuerda a cuánto me vendió la última vez, duda acaso del precio al cual debe venderme). Ya está bien, se lo dejo casero en 25 soles. Vale le digo. Hasta la próxima quincena. Él mira a todas partes mientras saca de su bolsillo un bollo de billetes y escucha con atención a sus atendedoras que se multiplican en atender a los clientes. Ya casero. Nos vemos. Cuídese.

Si debo dar una idea de cuántas personas a esa hora de la mañana hay en el  mercado mayorista, debo estimar en que son alrededor de 600 más o menos sin exagerar, 600 personas de toda condición social que vienen y van, con bolsas de mercado por llenar y otras ya llenas.

Me dirijo donde la casera que me vende las papas. ¿Cómo está tu papa? Se ríe la mañosa. (A la papa le damos una connotación sexual en Perú). Acá nomás caserito, esperando a que la pruebes. Nos reímos más. Ya dame 5 kilos de la buena, ya sabes, me gusta la papa grande, justo como para mi porte. Nos volvemos a reír. A 1 sol el kilo.

Ya te me cuidas gorda, le digo mientras volteó a ver la casera que me vende las verduras. ¿Cómo? Pero si está a 2.50 el kilo de vainita le digo. No papito me dice, ha subido, está a 3 soles. La miro a la zamarra y me digo: ya me perdió, es momento de cambiar de casera. He pensado en la china a la cual le pregunté antes a cómo está el kilo de arverjas.

Estoy yendo donde ella ahora.

Y el zapallo de dónde es, le pregunto. De Tambo joven me dice. Ah, es bueno, ya, a cuánto me lo dejas, que mira que he preguntado precios y si me conviene el que me ofertas me quedo contigo.

A 2 soles nomás joven.

La miro y le pregunto: ¿cómo te llamas?

Mary, joven.

Ok, si me das buenos precios, te compraré siempre. Yo vengo todas las quincenas y soy fiel a quienes me atienden como merezco, es decir: bien.

Nos reímos también.

Efectivamente, la vaina y la arverja a 2.50 soles el kilo. El porro y el apio a 0.50 céntimos de sol cada uno. Las habas a 1.30 soles. Regalado a mí entender. A 1 sol el kilo de zanahoria.

Ya Mary, como que me estás convenciendo ¿eh?

Yápame con oregano, culantro, perejil, hierbabuena. La nueva casera sonríe sin malicia. Al toque casero, con tal que se me vaya contento. Claro pues Mary, así juega Perú.

Me despido de la nueva casera hasta la próxima quincena después de haber llenado dos bolsas de comestibles. Observo a lo lejos un taxista. Le doy mi dirección. No conozco padre me dice. Es por el parque tantos le digo. Ya, eso es por el colegio tantos. No es muy lejos, no tanto. A 5 soles maestro le digo. Ya vamos me contesta.

Hacemos la ruta de regreso y llego a casa. En el camino hablamos de todo un poco. Estimo como en todas partes, acá también en Perú, los taxistas son muy leídos, te pueden hablar casi de todo. Y nos ponemos a hablar de las minas, del alcalde la ciudad, de cuán barato está el pescado, de lo que ocurre en el país.

He llegado a casa mientras le digo al taxista: que tenga un buen día. Y bajo para tocar la puerta de mi casa. Abre la puerta mi madre quien observa lo que he comprado y me dice: está bien Mauricio.

Son las 10:47 a.m.

Hoy tengo reunión en el grupo de terapia a las 12 m. en el hospital. Ahora me dirijo a preparar la comida junto con  mi padre en la cocina.

Para mis estimados amigos lectores, éste es un fin de mes para mí. Que pasen también ustedes un buen día.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor.

 


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