Un momento perfecto

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Al caer la tarde, me resulta plácido el echarme en mi cama, para sentir mis pies relajados que se van frotando debajo del edredón a una temperatura agradable, acompañado del silencio vespertino que propicia un sueño desde el que dejo fluir mis pensamientos, con el fin de pensar en qué escribiré para el día siguiente en mi blog.

Vienen a  mi mente imágenes de paisajes cuando cierro los ojos, desde los que empiezo a sentir la misma sensación que se experimenta cuando uno está flotando en una piscina, en plena mañana de primavera, donde el sol no es tan fuerte, y acaso la brisa que viene del mar, sabe cómo hacer intuir lo que podría ser el paraíso.

Y en ese dejarme fluir, acompañado de música suave, evoco momentos desde los que tengo la certeza, fui enteramente feliz o acaso enteramente valiente ante los embates de la vida, que bien podrían  significarme satisfacciones que fortalecen mi ánimo cuando sé, tendré que enfrentar situaciones adversas o de posible estrés.

Esa sensación desde la que completamente rendido a los soportes del colchón, sin comparación alguna, me permite apreciar el valor del silencio y lo que pueda éste provocar en mí. Si acaso siguiera dibujando como en  mi adolescencia, sabría aprovechar la virtuosa calma, en la que absorto en todo lo que yo deseo pensar y visualizar en mi mente, podría significar un cuadro que hace tiempo pude haber pintado, o quizá el contenido de alguna novela que escribiría cuando macerando dentro de mí, me inste a sentarme frente al ordenador, acompañado de mi jarra de sumo de naranja, para empezar a narrar la historia o los muchas historias que cautivan mis pensamientos. El recordar por ejemplo alguna anécdota que dé inicio a mis escritos o volver a sumergirme en imágenes jamás antes concebidas, recordando a Salvador Dalí y su técnica para pintar, donde recurría al onirismo, con el fin de captar propuestas muy cercanas al sueño y al mundo que llevamos dentro, como cuando echado en su cama, antes de conciliar el sueño, sujetaba una cuchara con una mano hasta sentirse vencido por el deseo de dormir, y justo al sentir el caer de tal cubierto, capturará la imagen que visualizaba para convertirla en un cuadro donde todo es posible, desde el universo de la imaginación.

Debo remontarme a esos años en los que, en total desparpajo, solía recostarme al pie de algún lugar encontrado al azar en el caminar, de dar paseos sin rumbo fijo por la ciudad, para experimentar la libertad de hallar la sombra que me permitiese leer un buen libro que pedía un espacio para ser entendido, a la misma manera como cuando en verano estamos en una playa sin muchas personas, tan solo acompañados por el estertor de las olas, sorbiendo bebidas de frutas bien heladas, con un libro en la mano, aprovechando las vacaciones de los que no piden más, y saben, la vida es buena siempre, si sabemos encontrar el punto de referencia para su interpretación.

Porque cuando hallaba esos lugares desde donde fluía esa magia que bendita y generosa, se convertía en ese espacio propio dentro de lugares abiertos, en los que las personas van de un lado para el otro, acaso yo mantenía otra velocidad o ritmo, y recostado sobre el pasto bajo la sombra de un buen árbol, no solo complacido abría mi libro mientras que los interminables segundos se hacían nada, ante el deseo que el tiempo nunca pase, para así ganarle a la hora lo debido, para siempre bajo la luz del sol, se pueda leer el libro que todos alguna vez encontramos y no deseamos que nunca acabe, no solo me evocaba las mismas sensaciones que puedo sentir cuando desde mi cama, sin miedos qué enfrentar, mas sí lleno de ilusiones y proyectos, se me ocurre de pronto el verso que en años no pude concebir, o la clarividencia para entender aquello que nos pasa a todos y que en un instante se me reveló para que se convirtiera por ejemplo en un haiku, siempre bajo la cadencia que empieza en la planta de mis pies, que froto con suavidad contra el espaldar de mi cama, abrazando el suave edredón y jugando con los dedos mientras la sangre corre a otra velocidad en mi cuerpo y, me doy un alto para repensar en todo, todas las tardes, y a través de ello, rendirme al sueño que en breves minutos me va a atrapar, hasta entrada la noche, en que siento haber dormido como un león, violentado por el silencio fuerte del barrio donde vivo, y que acaso desde su virtuosidad, habla de costumbres compartidas, en las que la memoria de los residentes sabe de la paz y la quietud de los placeres, que bien abocados a cuidar el jardín o a tomar sol hasta sentir el calor dentro del cuerpo, invite también a dar caminatas por calles en donde todos se conocen y se respeta el espacio del que desea un poco de soledad, antes de las largas tertulias triviales, pero no por ello menos importantes.

Sentido este equilibrio que me permite visualizarme desde mi cama, como escribí al principio, de igual forma a la que se siente cuando uno flota sobre una piscina, acaso los pensamientos que ya van cediendo al sueño, se pierden entre universos de colores desconocidos donde todo es probable o posible, y el encuentro con el saber milenario de los maestros, acudan a la mente de uno para entregar lo que desde sus enseñanzas, a fuerza de voluntad y contemplación, supieron de la importancia de estar vivos y ver más allá de lo que es la apariencia, para existir en la esencia del milagro que nos rodea y si sabemos entrar en su frecuencia, volcar nuestras emociones hacia videncias optimas desde donde nos vemos llenos de energía, con el aliento del niño que nunca terminó de crecer en nuestro interior y, con las ganas de hacer otro viaje a algún lugar alejado de la región, donde otros sonidos y otros amaneceres brindasen acaso lo que nuestros ojos solo alcanzan a conocer cuando dentro del mundo, hallados en armonía, no pretendemos dejar la oportunidad de ver la luna desde lo alto de una montaña, o las estrellas como cuando en plena carretera en el desierto, absorbidos por el inmenso silencio, detenemos el auto para contemplar el azul perfecto que no sabe de la luz de los postes, y desde donde todo brilla maravillándonos ante nuestra interrogante y anhelo de saber quién de genio tan perfecto, construyó obra tan magnífica que ante nuestro estar en el mundo, por razones diversas, se alejan ante nuestras circunstancias para convertirse en la inspiración de los ascetas, los que saben del conocimiento del tiempo y todos los sentidos, con los que otras verdades representan el mundo que conocemos y que acaso es incompleto ante el ojo del que observa, con otra templanza y moderación, venerando a la naturaleza como cuando nos impresiona la furia del mar en una noche de aguas muy movidas, o la fiereza del viento cuando parece removerlo todo desde las raíces para llevárselo en esos para siempre desde los que somos nada.

Contemplar y escuchar atentamente el crepitar de la leña a oscuras que se arde y hace fuego, para abrazarse en el calor de las llamas y sentir el olor de madera quemada, hasta perder la concentración en las formas caprichosas que acoge el fuego, insinuándonos que ello es como un ritual que invita a la danza, desde su forma más primitiva hasta alcanzar los movimientos más feroces, para sentir la firmeza de la tierra donde todo puede ser aguantado, desde edificios de decenas de pisos, hasta la montaña del sabio que encierra en sus huellas, el conocimiento de la colina que se asemeja al de la vida, en su subir hasta la cima como en el saber bajar hasta la otra sima.

Acaso estas vibraciones no son abstractas y se multiplican en el imaginario de cada quien, que al leer este escrito, con sus propias imágenes ha concebido lo que desde mi cama, en pleno estado de breves estados de vigilia, se adapte a interpretaciones inacabables, donde la palabra que refiera a algo, sea como un símbolo que evoque no todo lo escrito, sino recuerdos que vienen a la mente del lector, que asocia el mar, el aire, el fuego y la tierra, a otras vivencias, de otros momentos, de otro días, donde el amor estuvo o está o estará, o donde los sueños legítimos abren las puertas del pasado o de este momento, para edificar desde la soberanía de la mente, todo aquello que florece en estos reinos donde el libre albedrío propone a voluntad, en cada quien.

Cubierto por el edredón y su delicadeza, no tengo tiempo para pensar en cosas estresantes. Ello en su momento tuvo sus minutos para buscar una solución. El santuario es improfanable. El santuario que es mi dormitorio desde el que el silencio reina y el tiempo solo cambia de color con el transcurrir del sol desde mi ventana abierta, se convierte en un lugar donde el  mundo que yo deseo cabe, nada más, ni conflictos,  ni apremios, ni temores, ni tampoco ansiedades. Solo yo y lo que desee pensar.

Advertido por la experiencia del discernimiento y los escrúpulos, mi conciencia crece hacia insospechados universos que otros físicos teóricos entre noches de intensa fiebre de estudio trataron de demostrar y que acaso, sin necesidad de aferrarme a la lógica de lo que es verosímil o no, puedo ver a la mujer que forma parte de una de mis tantas búsquedas, o a los niños que sonríen entre praderas sin horizonte conocido, desde donde corren para hacer gala de la libertad de los que son felices, y en grito genuino alcanzan en los brincos entre el césped y las manos agitadas, los viejos propósitos de quienes alguna vez hicieron todos los tratados para con el saber del ser humano.

Y estoy muy cercano a dejarme llevar por la gravedad de mi peso, para hundirme en el volumen del agua de esa piscina cuyas aguas claras, me invitan hacia lo que ahora es un océano virgen, donde hombre jamás antes ha llegado, y acaso el único cielo que existe es esa superficie que separa el agua del aire y que se ve como un techo que movedizamente me recuerda que no hay hacia abajo fondo, y que todo viaje debe ser siempre así, un recorrer que no deba conocer el final, cuya esencia corresponda a los atávicos impulsos de ir más allá de lo que se atisba en el ocaso, y que se relaciona con el motor de las culturas que quisieron entender a Dios o al hombre mismo.

Y entonces mi peso se hace óptimo, mientras que empiezo a girar sobre la cama, para cambiar de postura, hasta poner desde el lado más cómodo las dos almohadas mi rostro, para no dejar de sentir el lado frío de sus caras,  mientras que con el control a la mano, comienzo a sentir cómo mis ojos conocen pesadamente la entrega a lo que el silencio como numen me ha provocado, enterrando mis 95 kilos en un colchón cómodo donde boca abajo ya no empiezo a pensar con coherencia si es que aún logro hallarle una lógica al desorden ya incontrolable de mis pensamientos, desde los que ahora soy solo un espectador, que dentro de sus sueños, podrá recorrer otros continentes que no existen, o enfrentarme con gloria y ventura ante bestias feroces, o recordar vivamente los labios de todas las mujeres que amé que han de convertirse en una sola, a quien estimo debe ser como una diosa, por brindarme la belleza de tan espléndido momento, desde el que mi libre albedrío me invita sin que necesariamente rehúya a la realidad, a conocer de los placeres del descanso, en las horas vespertinas, cuando caigo pesadamente sobre mi cama, desde mi santuario, justo en el momento en que rendido, pongo stop al estéreo, porque he llegado una vez más, a mi mundo interior.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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