EL POETA QUE CAMBIÓ TODO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

De esos años cuando para algunos todo carecía de sentido y, la vida parecía ser una fiesta donde todos tenían que ser felices, porque así debía ser, sin saber por qué, cuando todo estaba cerca de la mano, una muchacha a quien amar, los estudios asegurados, los amaneceres entre amigos, unos planes para con la vida resueltos, casi todo tan perfecto, donde obligadamente nada faltó, quedaba un sin sabor extraño: ¿si todo estaba bien, porque se tenía que sentir la tristeza, porqué se sentía que lo mejor de la vida se iba y el vacío seguía existiendo?

Las ciudades, las ciudades eran eso, un rastro de leyendas donde los días pasaban velozmente, entre lecturas de libros recomendados, una salud apreciable, y el ocio entre tardes de cine, de compras, con la mejor ropa, los atardeceres frente al mar cuando los significados de la vida eran solo dejados para los solitarios. Algo estaba sin duda mal, porque las risas no eran completas, eran expresiones inertes donde los días soleados ya no tenían nada qué decir.

Los retornos a casa siempre eran seguros, el plato servido sobre la mesa, la cama de sábanas suaves, la llamada de quien decía que te amaba, las horas de la noche desde sus calles donde todos se conocían y no habían enemigos que produjeran paranoia. El mundo era un lugar bello para traer niños, para verse frente al espejo y no tenerle miedo a las arrugas, a las primeras canas, a llegar en punto los domingo a misa, a orarle a un Dios al cual no se le interrogaba nada, porque no habían mendigos por la zona donde se vivía, ¿el gobierno?, qué importaba quien gobernara, los días eran otra cosa, nunca fue tan agradable vivir en Perú. Eran buenos tiempos para todos. Todos los conocidos eran felices, no les faltaba nada. En la universidad la rutina era ver cómo se aprobaban los exámenes mientras los amigos de los padres repetían una y otra vez que el premio sería trabajar en las empresas siempre de los amigos, un círculo donde se era como una gran familia y donde generación en generación, había permiso para ser feliz, para darles un futuro decente y digno a los niños que algún día tendrían que nacer.

Las muchachas olían bien, y los muchachos podían beber en las calles sin ser molestados por nadie. Los policías estaban al servicio de los que estaban a buen recaudo. Un poco de marihuana, alcohol, sexo o cocaína, era parte de esos rituales donde debían sentirse integrados. Era Arequipa a finales de los ochentas, la ciudad de esas noches donde los fines de semana los adolescentes solían caminar por sus céntricas calles calando tabacos Camel, bebiendo whisky sin ser fastidiados, en esas avenidas solitarias donde los gendarmes los saludaban por favores debidos a sus padres, porque aún no llegaría esa inmensa cantidad de personas de otras ciudades hasta transformarlo todo, cambiar no solo el aspecto de la urbe desde su comercio a necesidades.

Las casas de citas estaban llenas de muchachas bien sanas y eran concurridas por jóvenes que debían aprender a hacer el amor antes de tener sus primeras relaciones estables, dicen que las marocas los hacían más rudos y viriles, que los volvía secos en el trato con el sexo opuesto a quien observaban con ojos expertos, veteranos.

El amor no era una historia dramática. Todo acababa frente al altar con luna de miel en Europa y un embarazo donde el sexo era lo justo, lo necesario, para retornar al trabajo donde se vestía de manera formal, con el rostro bien afeitado, obedeciendo sin complicaciones a las labores del día, ahorrando para los gastos de la universidad de los niños, esperando envejecer sin miedo a nada.

Todo parecía ir tan bien. Sin embargo nadie supo nunca precisar dónde estuvo la vida. Era el libreto aprendido. Así debía ser porque eso lo dijeron los mayores. Todos habían obedecido a la perfección. Los cuerpos desnudos estaban limpios de tatuajes, las noches eran muy tranquilas, ¿qué le faltó entonces a esa generación? ¡Ah, el Poeta estaba en su ciudad! Ya había llegado a dominios donde a fuerza de su soledad y voluntad otras cosas les enseñase, cuando se tratase de temas tan inentendibles como la soledad, la libertad, y lo que nadie supo apreciar bien: la existencia.

Un terrible despertar sacudió todo lo establecido. Los ojos desde entonces contemplaron el mundo de otra forma. La poesía dejó de ser la misma.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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