Fragmento de la novela La brevedad en el tiempo

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

ANA: UN DESTINO

Ella se sentó a mi lado. 

 

Para ser preciso estaba sentado en la sala de espera. Me sentía derrotado, las drogas legales que se me suministraban me tenían totalmente sedado, apenas podía entablar un diálogo coherente, pero dentro de mí mismo, en un estado puro de conciencia, mi experiencia personal llena de interrogantes enriquecía mi visión del mundo. Cómo era posible que ciertas drogas pudiesen trastornar mí estado emotivo hasta cambiar completamente la interpretación de la realidad, acaso son nuestras emociones las que nos dicen cómo es la vida: aprendí entonces que había que buscar las verdaderas emociones para estar en el mundo.

Y entonces ella volteó a verme, esperaba también al doctor que la trataba.

Era sorprendente, me dijo:

-Soy ingeniera industrial.

La reconocí porque yo estuve un tiempo estudiando esa carrera, ella ya la había  terminado  y a  mí la vida me condujo por otros caminos, es decir: la literatura.

-Te felicito-le dije.

Se levantó del asiento, su caminar era desconcertante, no tenía control sobre la articulación de su pierna izquierda que la levantaba a cada momento mientras se dirigía al baño de mujeres que estaba en frente donde expectoraba una baba asquerosa a cada momento.

Y entonces volvía, se sentaba a mi lado sin dejar de mover la pierna izquierda.

-Tengo esquizofrenia-me dijo.

Y de pronto se vio poseída por una verborrea única y sobrenatural y fue que empezó a hablar de ella.

-Las voces, todos sentimos esas voces, así una no  tenga ese diagnóstico del cual ya te hablé. Por momentos es insoportable, más aún cuando una está confundida, la confusión hace eso, llegada la demencia perdemos el punto de referencia que nos permite ver al mundo con claridad, pero a la vez se hace intensa la vida misma, quizás eso sea la esquizofrenia: el deseo de ser el centro de todo, de querer que todo gire a nuestro derredor, que todo esté pendiente de lo que hagamos. Aquella noche estaba yo por ejemplo en mi habitación y no podía diferenciar ya entre lo que es real y lo que es imaginación. Mi libido era superior a mi voluntad y acaso el sexo me atormentaba más de lo imaginable. Mi imaginación se había tornado  exquisita y un insano libre albedrío dominaba mis pasiones que se hacían bajas ocasionándome un sentimiento de culpa que no me dejaba tranquila en ningún momento. Pero estaba marginada y a la vez poseída por el deseo carnal, por la imperiosa necesidad de sentirme poseída, de sentirme mujer. Estaba fuera de control. En algunas ocasiones fui detenida en las calles por mis padres por andar desnuda a plena luz del día. Creo que siempre fui una reprimida sexual y que ello conllevó en mí a  desarrollar una censura patológica que me impedía gozar plenamente de una sexualidad que hasta desconozco como seguramente otras mujeres sí gozan sin prejuicios o culpas que les atormenten. No soy virgen si es que eso te estás preguntando ahora, más tampoco tuve alguna relación estable. Siempre me obsesionó el sexo. Los hombres que he conocido siempre me vieron como un objeto sexual y sin embargo en vez de sentirme ofendida entendía que yo a ellos los veía de igual manera, es decir: ellos me usaban al igual que yo a ellos. Pero nunca sentía esos orgasmos de los cuales he oído siempre salvo si los alcanzaba en mi soledad. Un día desistí de buscar pareja ya que mi experiencia me decía que con un hombre jamás sentiría lo que sentía sola. Me aventuré más y comencé a relacionarme con mujeres realmente bellas a las cuales les pasaba lo mismo que a mí. Y tenía sexo con ellas. Excitada en los caminos prohibidos el lesbianismo se me mostró más placentero no por el hecho de hacer el amor con una persona de mi mismo sexo, creo que el placer obtenido radicaba en hacer lo no permitido, lo que va contra natura, sólo así podía rebelarme ante una moral castrense que impartida en colegios religiosos impidió siempre mi pleno disfrute sexual. Pero agotada la experiencia tampoco me sentía plena, llena y satisfecha, descubrí pues que sólo quería satisfacerme a mí y que para eso no necesitaba de nadie más, descubrí que sólo quería hacerme el amor a mí misma, que había dentro de mí un espíritu narcisista que apareció desde temprana edad en mi persona, quizás mayor explicación sean los espejos. Verme por ejemplo desnuda frente al espejo sin tener que enfrentarme a otra persona fuera del sexo que fuera me daba paz y tranquilidad, allí nada tenía que demostrar a nadie porque la relación entablada era directamente con mi persona. Me gusta mi cuerpo y me gusta ser sólo la única dueña de él, hacer lo que me plazca con él y en mi mente volcar los orgasmos que no sentí con nadie nunca. Y esto me hacía sentir bien, aún lo hace. Pero mi conciencia es también del mundo y éste posee una censura que no perdona. La perversión sexual es condenada por todos y más aún cuando se tiene enraizada en la mente el pleno convencimiento de que Dios condena ésta actitud y en mi caso Dios estaba representado por la sociedad, por todos los hombres en general, es decir: por el sentimiento nato de que el sexo es sucio y más aún cuando está fuera de los parámetros de lo que es normal. Tardé mucho tiempo en quebrar el maleficio de la soledad, sólo de esa forma una puede enterarse de que al sexo todo el mundo lo goza con libertad y de que el desconocimiento de lo que una hace consigo misma creyendo que es pecado es tan natural en las personas que practican libremente el sexo es lo que impide que una alcance la tranquilidad y la paz en la conciencia. Tengo 25 años. Nunca me enamoré, creo que no tengo corazón, creo que la mujer no tiene corazón, creo que éste sólo cobra vida con el amor, pero el amor para nosotras es sexo, nuestro cuerpo es sexo, el camino inevitable para ser madres es el sexo, estoy siendo sincera contigo, si me pides hacer el amor lo haría sin poner reparo, si lo hacemos en este mismo baño en este mismo momento lo que más me excite será hacerlo en él y no contigo. Pero igual no tengo ganas y lo que te dije en un principio, lo de las voces y lo de la confusión tiene su origen al menos en mí en el sexo. Masturbarse por ejemplo a cada momento por tener una imaginación muy desarrollada y la carne débil ante esto termina por embrutecer a una más aún cuando se vive en soledad. El desconocimiento de la otra y su vida sexual creyendo que es sólo una la sucia crea sentimientos de culpa y una termina sintiéndose la peor temiendo el rechazo y el repudio de los demás. Si las mujeres temen ser consideradas putas por tener sexo con un hombre siendo en el fondo lo más deseado, es decir sentirse una puta en el sexo, en mi caso la vergüenza de ser muy lasciva y débil ante mis impulsos me provocó un sentimiento de marginación y censura que terminó por enloquecerme: temía pues la burla de los demás y la burla es lo primero que embrutece al hombre a tal punto que sus sentidos se ven entorpecidos y deteriorados, me explico: el olor de la masturbación tanto en el varón como en el de la mujer se hace reconocible para los que han superado esta etapa; puedo reconocer el olor del sexo de tan sólo pasar  por cualquier lugar donde se practique éste. Asearse severamente para no oler a sexo es inútil, el olor queda impregnado en el cuerpo y nosotros queremos que eso sea íntimo, no queremos que nadie más sepa que ya estamos viviendo porque existe algo que es llamado: promiscuidad, libertinaje. Al menos en ustedes los hombres es esto motivo de orgullo, pero en nosotras el sexo visto de esa forma no es así. Adaptarse a las costumbres del mundo en algunos es difícil y cuando ya nos damos cuenta de que los temores que teníamos eran tontos la vejez nos ha alcanzado  y las mujeres ya no somos bellas. Siempre he pensado esto: la belleza es el peor castigo para las que la poseen como para las que no, una mujer deja de ser mujer cuando deja de ser atractiva para los hombres, en ese momento nos volvemos piadosas, aceptamos los postulados de alguna religión, dicen que si estábamos echadas para el mal Dios termina por encaminarnos y en fin, la tristeza se hace mayor porque la juventud se ha ido y no hemos vivido como hubiésemos querido vivir a los trece o catorce años. Pero todo tiene un límite y esa noche en mi habitación, mientras me poseía mentalmente masturbándome en circunstancias totalmente aberrantes luego de haber alcanzado el orgasmo un grupo de vecinos que platicaban en la esquina del barrio en que vivo y que curiosamente habían guardado silencio mientras me autocomplacía al momento en que me vine dijeron al unísono: “provecho”, y entonces descubrí que todo el tiempo sabían lo que hacía yo mientras ellos se reían. Pero a la vez estaba confundida, la misma soledad permitió un desarrollo increíble de mi imaginación y fue que creí que la telepatía existía, que ese sexto sentido del cual se habla y se dice las mujeres poseemos se había manifestado en mí, que las voces siempre sentidas que venían de personas a las cuales conocía y que se manifestaban como se siguen manifestando hasta ahora sin poder explicar el porqué me convenció de que se podía leer la mente y que ellos también podían hacerlo y fue que creí que habían contestado a mis pensamientos porque en mi imaginación eran ellos los que me poseían. Perdí pues la razón. Tú sabes, puedes conversar con alguien muy seguido y sentir dentro de tu mente que su voz perdura en ti, que es posible sentir venir cosas que él podría decir pero eso sólo tú lo piensas, le llaman sentido común, es decir, es la parte de la conciencia a la cual llamamos lógica la que nos permite creer que esa voz de esa persona podría estar pensando o diciendo eso justamente que tú solamente oyes en tu conciencia. Podemos estar errados en esto, pero esa voz o esas voces están allí en la mente y las sentimos y creemos que eso es lo que piensa esa o esas personas de nosotros o de otras cosas. La confusión me ganó. La censura me embruteció. La burla me enloqueció y las voces hasta ahora me atormentan. Dejaré de hablar y de manera extraña tú también sentirás mi voz dentro de tu mente y ésta cobrará vida y hablará espontáneamente y eso se deberá a que ya he cobrado vida dentro de ti, estoy en tu mundo, vivo en ti. Particularmente no soportaría al amor, la convivencia no se hizo para mí, allí el misterio del silencio tenso de dos personas que viven juntas por años y ya no se hablan. Se conocen demasiado bien, saben ambos qué está pensando el otro, allí la razón de mi esquizofrenia: un desorden total en el pensamiento y en mi conducta que me impide gozar de un libre albedrío sano y lleno de paz porque lo que creí que era correcto el mundo me lo condenó para rectificarme en algo que creo a nadie hizo daño.

Se levantó una vez más dirigiéndose hacia el baño, tosió innumerables veces vomitando esa baba asquerosa mientras que de manera convulsiva su pie izquierdo parecía tener vida propia e independiente al cuerpo de ella y volvió y me dijo:

-Son las pastillas. Mi doctor aún no encuentra la forma de que me recupere.

La volví a ver tiempo después una noche en la que en el centro mismo de la ciudad acompañada de dos amigas suyas sonreía como sólo sonríen los espíritus libres que están en el mundo y que pueden ya gozar de él. Otro era su semblante y por cierto ya no babeaba y pude por fin ver su hermosa caminada, una caminada de mujer.

 

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